IMÁGENES DE PODER: CÓMO LA POLÍTICA UTILIZA SÍMBOLOS PARA CONSTRUIR IDENTIDADES

Imágenes de poder, símbolos políticos e identidad colectiva

28 de agosto del 2026

Introducción

Introducción: cuando la política adquiere una forma visible

Antes de que un político pronuncie una palabra, la imagen ya ha comenzado a hablar. Una bandera detrás del candidato, la fotografía cuidadosamente encuadrada, el monumento, algún color, gesto corporal, la multitud, un mapa, uniforme o incluso una manera de vestir forman parte de una gramática política que rara vez funciona de manera completamente explícita. No necesitan formular una proposición para transmitir una posición. Su eficacia reside en que condensan asociaciones, pertenencias, emociones y jerarquías en formas que pueden ser reconocidas con enorme rapidez.

La política moderna no se limita, por tanto, a administrar instituciones, disputar elecciones o elaborar programas. También organiza regímenes de visibilidad: decide qué símbolos adquieren relevancia, qué acontecimientos se convierten en imágenes memorables, cuáles cuerpos representan a «la nación», quién aparece como integrante legítimo del «pueblo» y quiénes no.

Sin embargo, conviene comenzar con una precisión importante. No todo símbolo político constituye propaganda y no toda utilización de una bandera implica manipulación. Tampoco existe una relación automática entre exposición a un símbolo y adopción de posición política. La investigación sobre identidad social muestra que las identificaciones son multidimensionales, contextuales y dinámicas, mientras que los estudios sobre comunicación política encuentran efectos que dependen del contexto, de las predisposiciones previas y del modo concreto en que se presenta el estímulo.

Esta cautela resulta fundamental porque existe una tentación recurrente en el análisis de la comunicación política: atribuir a las imágenes un poder casi hipnótico. Esa interpretación exagera la capacidad de los símbolos y, paradójicamente, termina reproduciendo el mismo imaginario que pretende criticar. Las imágenes importan, pero no actúan sobre espectadores completamente pasivos. Se insertan en historias personales, memorias colectivas, conflictos sociales, instituciones, medios de comunicación y repertorios culturales previamente existentes.

Claro, lo anterior se convierte en conocimiento estratégico cuando hablamos de psicología de la comunicación política.

La cuestión más interesante es otra: ¿Cómo consigue un símbolo político convertir una idea abstracta en experiencia de pertenencia?

Una nación es una construcción histórica y política, pero una bandera es un objeto material. Sin embargo, cuando esa bandera aparece en una plaza, en una ceremonia, manifestación o detrás de un dirigente, deja de funcionar como simple tejido coloreado. Evoca una comunidad imaginada, memoria, territorio y frontera entre quienes se reconocen en ella y quienes no.

La investigación reciente confirma que los símbolos cumplen precisamente esa función de condensación. Un estudio publicado en American Political Science Review define los símbolos políticos como heurísticos de conocimiento compartido: señales que ayudan a inferir información sobre el orden social, identidades colectivas y jerarquías.

Pero esa misma capacidad abre una pregunta incómoda. Si los símbolos ayudan a construir un «nosotros», ¿quién decide quién pertenece a ese nosotros?

Y si una imagen consigue representar al pueblo, ¿qué ocurre con quienes no se reconocen en ella?

Este artículo parte de esas preguntas para analizar la relación entre símbolos, identidad política, emoción, poder y comunicación visual. No se trata de elaborar un catálogo de banderas o iconos políticos, sino de comprender qué operaciones psicológicas, sociales y comunicativas intervienen cuando una comunidad se reconoce en cierta imagen.



¿QUÉ ES UN SÍMBOLO POLÍTICO Y POR QUÉ TIENE TANTO PODER?

El símbolo no es solamente aquello que representa

Un símbolo político no equivale a ninguna señal de tráfico, ésta pretende reducir la ambigüedad: indica obligación, prohibición o dirección. Su eficacia depende, en buena medida, de que los usuarios interpreten su significado de manera suficientemente estable.

Los símbolos políticos funcionan de otro modo. La bandera, monumento, fotografía del líder o un color partidario poseen significados que no se agotan en apariencia. Su fuerza procede de las asociaciones históricas, afectivas y sociales que una comunidad ha construido alrededor de ellos.

Símbolos políticos y construcción de identidades colectivas

Por eso sería insuficiente afirmar que una bandera «representa» a la nación (en totalidad). También contribuye a producir una experiencia de esa nación. La diferencia es importante. Representar supone que existe algo previamente constituido que la imagen reproduce.

Construir simbólicamente significa reconocer que ciertas imágenes ayudan a definir qué entendemos por aquello que representan. La literatura sobre identidad social insiste precisamente en que las mismas no constituyen categorías completamente acabadas; se forman mediante procesos de identificación, diferenciación y reconocimiento que están vinculados con contextos históricos y relaciones sociales.

Del objeto material a la identidad colectiva

Pensemos de nuevo en la bandera. Materialmente, está compuesta por colores, formas y proporciones, ninguno de esos elementos contiene por sí mismo una nación. La dimensión política aparece cuando una colectividad atribuye a ese objeto una historia compartida.

La bandera entonces empieza a condensar significados: territorio, soberanía, memoria, sacrificios, victorias, derrotas, instituciones, lengua, conflictos y expectativas de futuro. La imagen permite reunir elementos heterogéneos en una unidad perceptible.

Lo anterior explica por qué los símbolos son especialmente útiles en política. Una idea como «soberanía nacional» resulta abstracta y conceptualmente compleja, pero la bandera permite experimentar esa abstracción de forma inmediata (los sujetos se ejercen en esa simbolización).

Lo mismo sucede con retratos de cierto tipo de dirigentes. El rostro de un líder puede funcionar como representación de un partido, revolución, régimen o una X concepción del país y la realidad político-ideológica y cultural. Las imágenes de dirigentes pueden adquirir una función integradora al vincular la figura individual con una colectividad más amplia, pero también es cierto al contrario, claro está.

Los símbolos como atajos cognitivos

Existe aquí una dimensión psicológica que merece atención. No procesamos toda la información política desde cero en cada situación. Utilizamos conocimientos previos, categorías, experiencias y señales que nos permiten orientarnos rápidamente.

Los símbolos funcionan como heurísticos.

Cuando vemos determinados colores, banderas, uniformes o imágenes, activamos asociaciones que reducen la cantidad de información que necesitamos procesar conscientemente. Lo anterior no significa que la respuesta sea siempre automática ni idéntica para todos.

Un símbolo adquiere eficacia porque existe un conocimiento social compartido sobre él. El conocimiento más contemporáneo sobre símbolos políticos destaca esta dimensión intersubjetiva: su utilidad depende de que las personas tengan alguna idea acerca de lo que otros miembros de la comunidad saben o reconocen.

Por eso un símbolo político es simultáneamente información y relación social. No solo comunica «esto significa X». También comunica: «Nosotros sabemos qué significa X».

Esa segunda dimensión es decisiva para la construcción de identidad. El «nosotros» necesita un «ellos»

Aquí aparece uno de los problemas fundamentales. La identidad colectiva no se construye exclusivamente mediante atributos positivos. También requiere fronteras. Saber quiénes somos implica, en ocasiones, distinguirnos de quienes consideramos diferentes.

La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno mediante las teorías de identidad social y categorización social. Clasificamos a los individuos y a nosotros mismos mediante categorías que permiten organizar el entorno social. En política, esas categorías adquieren especial relevancia porque pueden influir en percepciones, emociones y comportamientos colectivos.

El símbolo facilita esa frontera: la bandera señala pertenencia, la camiseta convertir una posición política en una identidad visible, el monumento establecer qué memoria merece ocupar el espacio público, etc.

El problema aparece cuando la frontera simbólica se convierte en una “frontera moral”. Entonces dejamos de hablar de «personas que pertenecen a grupos diferentes» y comenzamos a hablar de «nosotros» frente a «ellos» como si fueran naturalezas incompatibles. Ese desplazamiento, como sabemos, resulta particularmente peligroso.

IDENTIDAD POLÍTICA: CUANDO UNA IMAGEN NOS DICE QUIÉNES SOMOS

La política no solamente organiza intereses

Una explicación excesivamente racionalista de la política sostiene que los individuos apoyan X opciones porque calculan sus intereses.

Maticemos: las preferencias políticas también están relacionadas con identidades, valores, emociones, percepciones de pertenencia y normas sociales. La revisión de Kalin y Sambanis muestra que las identidades sociales intervienen en fenómenos políticos tan diferentes como el voto, la redistribución, la violencia y el conflicto.

Esto no se traduce en que el interés material deje de importar, quiere decir que no basta. No siempre se vota únicamente por aquello que consideramos económicamente beneficioso. También votamos, en ciertas circunstancias, por lo que consideramos coherente con la imagen que tenemos de sí y de la comunidad donde se supone que estamos inmersos.

Identidad no significa esencia

Existe otro error frecuente: hablar de identidad como si fuera una esencia permanente.

«Los españoles son...»

«La izquierda piensa...»

«La derecha quiere...»

«El pueblo cree...»

Este tipo de formulaciones transforma categorías históricas y políticas en supuestas naturalezas humanas. Pero la investigación sociológica y psicológica sobre identidad muestra algo bastante más complejo: las identidades son múltiples, se superponen y adquieren relevancia diferente según el contexto.

Alguien se identifica simultáneamente con una nación, región, profesión, clase social, generación, religión, movimiento político o un equipo deportivo. Pero no existe necesariamente una identidad dominante en todas las circunstancias. La comunicación política intenta, precisamente, hacer que determinadas identidades sean más salientes que otras.

El trabajo político consiste también en activar identidades

Cuando un candidato aparece rodeado de trabajadores, familias, militares, jóvenes, empresarios o agricultores, no está mostrando simplemente personas. Está construyendo una respuesta visual a la pregunta: ¿Quiénes somos nosotros?

La comunicación política ha desarrollado el concepto de identity ownership para analizar cómo los candidatos representan activamente determinadas identidades y buscan presentarse como portadores legítimos de las características de grupos sociales concretos.

La imagen del candidato trabajando en una fábrica, visitando una frontera o compartiendo una comida familiar produce una narrativa de pertenencia. El político no necesita decir: «Soy uno de vosotros». La puesta en escena lo dice visualmente.

La representación del «pueblo»

Esta operación adquiere especial importancia en el populismo. El populismo suele organizar el discurso alrededor de una oposición entre «el pueblo» y «las élites». Pero el pueblo no constituye una categoría homogénea que exista políticamente antes de ser nombrada, necesita ser representado y visualizado.

Representación visual del pueblo en la comunicación política

La comunicación política digital ha mostrado cómo imágenes publicadas por dirigentes populistas construyen visualmente categorías como «el pueblo», «el líder», «el enemigo» y «la nación». Un estudio sobre parlamentarios brasileños de extrema derecha encontró precisamente esos cuatro ejes como elementos recurrentes en la representación visual analizada.

La cuestión crítica consiste en volver a preguntar (como en otros artículos de El Observatorio): ¿Quién queda fuera de la imagen del pueblo?

Una fotografía multitudinaria transmite una impresión poderosa de unidad. Pero ninguna multitud representa literalmente a toda una sociedad. Como ya sabemos, el encuadre selecciona, la cámara excluye y luego la edición decide.

El mensaje transforma una parte en totalidad. Aquí aparece una de las operaciones fundamentales de la comunicación política visual: hacer pasar una representación particular por una imagen universal.

EMOCIÓN, MEMORIA Y PODER: POR QUÉ LOS SÍMBOLOS NO SOLO SE ENTIENDEN, TAMBIÉN SE SIENTEN

La política necesita afectos

Durante mucho tiempo, hablar de emoción en política fue considerado casi una forma de degradar la racionalidad ciudadana. Pero la investigación contemporánea ha dejado atrás esa oposición simplista. La emoción no constituye necesariamente el enemigo de la razón, forma parte de los procesos mediante los cuales evaluamos acontecimientos, personas y grupos.

La cuestión relevante no es si la política tiene emociones, claro que las tiene. El interrogante consiste en cómo se organizan esas emociones y hacia quién se dirigen.

Los símbolos son especialmente eficaces porque permiten asociar una idea política con X experiencia afectiva. La bandera informa a la vez que produce orgullo. El monumento puede despertar reverencia, la imagen de víctimas puede generar indignación. La muchedumbre puede producir entusiasmo o amenaza, según la posición del espectador. La comunicación visual trabaja en esos niveles afectivos.

Memoria colectiva y símbolos

Los símbolos políticos también funcionan como dispositivos de memoria. Pero aclaremos que el “recuerdo” no es neutral, implica selección (entre otros factores, recordar una cosa supone dejar otras en segundo plano).

El estudio histórico de los símbolos nacionales ha mostrado que incluso las derrotas pueden adquirir un papel central en la construcción de identidades nacionales.

De hecho, así suele ser: el proyecto nacional se funda sobre un gran trauma colectivo que dejó surcos en la memoria.

Los acontecimientos traumáticos pueden convertirse en mitologías fundacionales y adquirir un valor simbólico cuya importancia excede ampliamente el acontecimiento original.  Por eso la disputa política sobre un monumento rara vez trata únicamente sobre piedra, bronce o arquitectura.

Trata sobre: ¿Qué historia queremos hacer visible? ¿Qué historia estamos legitimando al mantenerla visible?

Los monumentos funcionan como señales sobre el orden social. Una estatua situada en una plaza indica quién tuvo suficiente poder para ocupar ese espacio, qué valores merecieron reconocimiento público y qué relación mantiene la comunidad con su pasado.

Memoria colectiva y símbolos de poder político

Por eso las controversias sobre monumentos pueden adquirir una intensidad extraordinaria. Ya que retirar una estatua no significa necesariamente borrar la historia. Por supuesto, conservarla tampoco equivale simplemente a conservar memoria. Ambas decisiones constituyen actos políticos sobre la manera de organizar el espacio público y establecer qué pasado merece una presencia monumental.

Esta distinción es importante porque evita una falsa dicotomía: memoria frente a olvido. La verdadera cuestión suele ser qué forma de memoria queremos institucionalizar.

El símbolo también puede ser un campo de batalla

Los símbolos no pertenecen definitivamente a un grupo, el significado se disputa. Por ejemplo, bandera nacional puede ser utilizada por posiciones políticas diferentes y el símbolo revolucionario puede convertirse en mercancía. La imagen inicialmente asociada a una minoría podría ser incorporada por instituciones dominantes, etc.

Esto demuestra que el significado político no está completamente encerrado dentro del objeto, existe una lucha por la interpretación. La historia política está llena de apropiaciones simbólicas.

Los movimientos sociales crean signos que posteriormente son incorporados por instituciones, los partidos reinterpretan símbolos nacionales, las empresas utilizan iconografía política para construir identidad comercial y las plataformas digitales aceleran todavía más este proceso.

PROPAGANDA, REDES SOCIALES Y ALGORITMOS: LA NUEVA POLÍTICA DE LAS IMÁGENES

La propaganda ya no tiene necesariamente aspecto de propaganda

Existe una imagen tradicional de la “propaganda”: carteles, consignas, uniformes, grandes concentraciones y mensajes explícitos. El entorno digital ha complicado enormemente esa definición. La fotografía aparentemente espontánea puede estar cuidadosamente planificada, un meme humorístico puede transportar una posición ideológica. Cierta publicación de un candidato puede parecer una escena cotidiana y, sin embargo, estar construida para comunicar cercanía, masculinidad, autoridad o pertenencia.

La comunicación visual contemporánea funciona muchas veces mediante señales indirectas. La comunicación política visual ha mostrado que los elementos visuales sirven como marcadores de identidad y permiten comunicar determinadas posiciones de manera menos explícita que el lenguaje verbal.

Esto introduce una paradoja. Cuanto menos explícita parece una comunicación política, más difícil resulta someterla a una discusión racional sobre su contenido.

Y no olvidemos el poder del encuadre.

Toda fotografía política contiene decisiones: la altura, ángulo, distancia, iluminación, mementos, dominancias de color, etc. El encuadre no crea necesariamente una mentira, pero sí organiza la atención.

Un ejemplo evidente aparece en la representación de protestas: imaginemos la foto que se debate entre la multitud pacífica y el enfrentamiento. Ambas visiones podrían pertenecer al mismo acontecimiento, la diferencia está en qué dimensión se convierte en protagonista.

La investigación mediante análisis automatizado de más de 9.000 imágenes sobre la cobertura de Black Lives Matter en Facebook encontró diferencias en los patrones de representación visual según la orientación política de los medios. Los autores identificaron diez agrupaciones temáticas distintas y observaron prácticas de representación diferentes entre fuentes partidistas.

Esto tiene una consecuencia fundamental: las imágenes informan sobre acontecimientos y también intervienen en su interpretación pública.

Memes: la política comprimida

El meme constituye una de las formas más interesantes de comunicación política contemporánea. A primera vista parece trivial, pero esa aparente simplicidad permite condensar una enorme cantidad de referencias culturales.

El receptor debe reconocer la imagen original, comprender la modificación, identificar el grupo al que se dirige la ironía y situarla dentro de un contexto político. Los memes funcionan, por tanto, como pequeños dispositivos de identidad, quien los comprende demuestra pertenencia a una comunidad interpretativa.

Otra investigación reciente sobre el memescape ha señalado precisamente que los memes constituyen espacios políticos donde se articulan prácticas de resistencia, identificación y conflicto, pese a su apariencia «no seria».

Ciertos formatos visuales simplifican diferencias humanas hasta convertirlas en categorías aparentemente evidentes, utilizando contrastes perceptivos para naturalizar distinciones sociales que en realidad son históricas y políticas.

Aquí encontramos una de las mayores amenazas de la política visual contemporánea: la posibilidad de que una clasificación cultural aparezca ante nosotros como una diferencia natural.

Algoritmos y visibilidad

Y existe un actor nuevo: el algoritmo. Durante la era de los medios tradicionales, la selección visual dependía fundamentalmente de editores, fotógrafos, periodistas y responsables de comunicación.

Ahora intervienen sistemas de recomendación que determinan qué contenidos reciben visibilidad. Esto no significa que «el algoritmo controle nuestras mentes». Es algo más concreto: las plataformas participan en la distribución diferencial de la atención.

  • La imagen que genera interacción tiene más oportunidades de circular.
  • La imagen que provoca indignación genera respuestas.
  • Una que resulta polarizante activa comentarios.
  • Una imagen emocionalmente intensa recibe mayor exposición dentro de algunos sistemas de recomendación.

No existe una regla universal que determine que «lo emocional siempre gana», pero sí abundante investigación sobre la relación entre arquitectura de plataformas, expresión emocional, polarización y circulación política.

El resultado es una modificación estructural del entorno simbólico. Ya no basta con preguntar: ¿Quién creó esta imagen? Ahora es relevante cuestionar: ¿Qué sistema decidió que yo la viera?

PSICOANÁLISIS, IDENTIDAD Y LIBERTAD: ¿POR QUÉ NECESITAMOS PERTENECER?

La política trabaja también con el deseo

Hasta aquí hemos hablado de identidad desde la psicología social y política. El psicoanálisis introduce una pregunta diferente, no se limita a preguntar qué grupo integra un individuo; además, interroga:

¿Qué encuentra el sujeto en esa pertenencia?

Lo anterior resulta especialmente importante porque las identidades políticas no son exclusivamente categorías cognitivas, también están cargadas de deseo. Recordemos que pertenecer proporciona reconocimiento y edifica una narrativa sobre quiénes somos. Más tarde esa misma pertenencia establece vínculos y reduce incertidumbres, proporciona enemigos y promete comunidad.

El símbolo condensa todo ello en una forma visible. Desde la perspectiva lacaniana, el sujeto no posee una identidad completamente cerrada que posteriormente expresa mediante símbolos. La identidad está atravesada por el lenguaje, la mirada del Otro y procesos de identificación.

Esto permite interpretar la política simbólica desde una perspectiva menos ingenua. No elegimos símbolos únicamente porque estemos de acuerdo con su contenido racional. En ocasiones la elección nos permiten ocupar una posición determinada frente a los demás.

El símbolo como espejo colectivo

Siguiendo con un ejemplo anterior, la bandera puede convertirse en una especie de espejo social. Cuando alguien se identifica con ella, no está solamente reconociendo un objeto, está reconociéndose dentro de una comunidad imaginada.

Esto ayuda a comprender por qué determinados ataques a símbolos producen respuestas emocionales desproporcionadas. Si dicha simbolización se ha incorporado a la identidad, atacarla puede sentirse como una afrenta al propio sujeto.

Algunas investigaciones sobre nacionalismo muestran que los significados asociados a la nación varían entre grupos y contextos, pero también que los símbolos y rituales influyen sobre actitudes y comportamientos políticos.

Un estudio experimental publicado en 2026 ofrece un matiz especialmente interesante: la exposición a una bandera nacional produjo en Suecia una reducción de ciertas formas de polarización afectiva interpersonal, aunque no modificó todas las medidas de identidad nacional, y el efecto no apareció de igual manera en todas las variables analizadas.

Este resultado es importante porque contradice una simplificación frecuente: un símbolo nacional no tiene necesariamente una función divisiva, el efecto depende del contexto.

Comunicación política visual y símbolos en redes sociales

La identidad compartida posiblemente reduzca determinadas distancias entre grupos. Pero el mismo símbolo, en otro contexto, también se utiliza para definir quién pertenece y quién no. El símbolo no posee una política intrínseca, la función depende de la estructura social y comunicativa en la que se inserta.

El problema del enemigo

Una identidad política necesita diferencias. Pero no toda diferencia necesita convertirse en enemistad. La transformación del adversario en enemigo constituye uno de los movimientos más peligrosos de la comunicación política.

Aquí intervienen imágenes de amenaza, invasión, contaminación, decadencia o traición. El grupo externo deja de ser presentado como competidor político y comienza a ser representado como amenaza existencial.

Las indagaciones sobre narrativas populistas muestran cómo la construcción visual y discursiva de un «nosotros» auténtico frente a un «ellos» ajeno se relaciona con dinámicas de antagonismo y polarización afectiva.

La imagen resulta especialmente poderosa porque simplifica:

  • Un adversario complejo se convierte en un rostro.
  • El problema estructural se transforma en una figura.
  • La crisis económica se representa mediante el cuerpo de un extranjero.
  • Una amenaza política adquiere el rostro de un grupo social.

La responsabilidad se personaliza y la complejidad desaparece, con ella se difumina una parte importante de nuestra capacidad para pensar políticamente.

Contra la fascinación por el poder de las imágenes

Aquí conviene introducir una crítica al propio enfoque de este artículo. Hablar del poder de los símbolos puede llevarnos a sobrevalorarlos. No existe evidencia suficiente para afirmar que una imagen determine por sí sola una conducta política compleja, a pesar del impacto que puede generar en las percepciones.

Las personas interpretan los símbolos desde predisposiciones ideológicas, experiencias personales y contextos sociales. Modificar las percepciones y las asociaciones (y su impacto en la conducta política) es algo mucho más complejo.

Por tanto, una teoría rigurosa de la comunicación política visual necesita abandonar el modelo simplista:

símbolo → emoción → conducta.

La relación es mucho más complicada:

símbolo + contexto + predisposiciones + identidad + situación comunicativa → interpretación y respuesta.

Esta diferencia es fundamental, evita atribuir a la propaganda una omnipotencia que no posee. La “propaganda” funciona mejor cuando encuentra disposiciones sociales, identidades y narrativas que ya tienen algún arraigo. No crea necesariamente una realidad desde cero, con frecuencia organiza y amplifica materiales que ya existen.

Conclusión: quién controla los símbolos no controla completamente el significado

La política necesita símbolos porque demanda hacer visibles abstracciones que, de otro modo, serían difíciles de experimentar colectivamente.

  • Nación.
  • Pueblo.
  • Revolución.
  • Tradición.
  • Libertad.
  • Orden.
  • Igualdad.
  • Memoria.

Todas estas palabras adquieren una fuerza diferente cuando encuentran una forma visual. Pero el símbolo nunca constituye tan solo una traducción inocente de la idea. También selecciona, condensa, simplifica, incluye, excluye, convoca y, en determinadas circunstancias, antagoniza.

La comunicación política visual trabaja precisamente en ese territorio donde las ideas se convierten en imágenes y las éstas comienzan a organizar identidades. Por eso una bandera, por ejemplo, jamás es simple y llanamente una bandera.

La psicología política permite comprender que la identidad constituye un componente relevante del comportamiento político; la sociología muestra que esas identidades están inscritas en relaciones históricas y estructuras sociales; la comunicación política analiza cómo son representadas y el psicoanálisis introduce una sospecha adicional (quizá no sepamos completamente por qué necesitamos tanto ciertas identificaciones).

Esta última cuestión resulta especialmente importante para una cultura democrática, ésta no exige eliminar las identidades colectivas. Eso sería imposible y probablemente indeseable. Necesitamos pertenencias, memorias y símbolos compartidos.

El problema comienza cuando una identidad se presenta como totalidad y transforma toda diferencia en amenaza.

Una sociedad plural demanda símbolos capaces de representar pertenencias sin convertirlas en fronteras absolutas. Y necesita ciudadanos capaces de mirar las imágenes políticas sin quedar completamente atrapados por ellas.

Eso requiere una alfabetización visual que vaya más allá de reconocer propaganda evidente. Hay que aprender a identificar encuadres, ausencias, asociaciones emocionales, jerarquías, metáforas, estereotipos y mecanismos de legitimación.

También nos preguntarnos quién controla la producción y circulación de esas imágenes. Porque el poder contemporáneo no consiste solamente en decidir qué decir; tambiñen pasa, cada vez más, por intervenir sobre qué aparece, qué adquiere visibilidad y qué permanece fuera de campo.

La imagen política no sustituye al argumento. Pero modifica el terreno sobre el que ese argumento será recibido. La libertad política exige también libertad interpretativa.

Quizá una de las preguntas más importantes que podamos formular ante cualquier imagen política sea esta: ¿Quién quiere que me reconozca aquí? Y después: ¿Quién queda fuera de ese «nosotros»?


FAQ: Preguntas frecuentes sobre imágenes de poder 

¿Qué es un símbolo político?

Es un objeto, imagen, gesto, espacio, color, ritual o representación que adquiere significado en relación con una comunidad, una ideología, una institución o una identidad política. Su función consiste en representar una idea y organizar percepciones sobre pertenencia, autoridad y relaciones entre grupos.

¿Cómo utiliza la política los símbolos?

Los utiliza para condensar ideas complejas, activar identidades, construir legitimidad, evocar memorias y diferenciar grupos. Banderas, retratos, monumentos, colores, rituales, fotografías y memes constituyen algunos de los recursos habituales.

¿Por qué las banderas tienen tanta importancia política?

Porque convierten una identidad colectiva abstracta en un objeto visible y reconocible. Su significado depende de la historia y del contexto social. La investigación reciente muestra, además, que una misma bandera puede producir efectos diferentes según la situación y las dimensiones concretas de identidad y polarización que se midan.

¿Los símbolos políticos manipulan a las personas?

No existe una relación automática entre símbolo y manipulación. Los símbolos influyen en la comunicación política, pero su interpretación depende de predisposiciones, contexto, conocimientos e identidades previas. Atribuirles un poder determinista simplifica en exceso la evidencia disponible.

¿Qué relación existe entre símbolos e identidad política?

Los símbolos ofrecen formas visibles de pertenencia. Permiten expresar y reconocer identidades colectivas y facilitan la distinción entre grupos. La literatura sobre identidad social y política muestra que esas identificaciones intervienen en comportamientos como el voto, la movilización y el conflicto.

¿Por qué la política utiliza imágenes de «el pueblo»?

Porque representar al pueblo constituye una forma de reclamar legitimidad. Las investigaciones sobre comunicación populista muestran que las imágenes ayudan a construir visualmente categorías como «el pueblo», «el líder», «el enemigo» y «la nación».

¿Qué relación existe entre propaganda y símbolos?

La propaganda utiliza símbolos para condensar mensajes, emociones e identidades. Sin embargo, no todo símbolo político es propaganda. El concepto de propaganda implica una intención persuasiva organizada que no debe atribuirse automáticamente a cualquier representación política.

¿Qué papel desempeñan los memes en la política?

Los memes permiten combinar imagen, texto, humor, ironía y referencias culturales en formatos muy fáciles de compartir. La investigación contemporánea los considera espacios relevantes de circulación política, movilización y conflicto cultural.

¿Qué significa «encuadre visual» en comunicación política?

Se refiere a la selección y organización de elementos visuales que orientan la atención hacia determinadas dimensiones de un acontecimiento y dejan otras en segundo plano. El encuadre no implica necesariamente falsificación, pero sí una determinada forma de construir visibilidad.

¿Puede una imagen aumentar la polarización política?

Una imagen por sí sola no determina la polarización. Sin embargo, determinados repertorios visuales pueden reforzar identidades partidistas, antagonismos y representaciones negativas del adversario, especialmente cuando se integran en narrativas políticas ya polarizadas. La investigación sobre comunicación visual y populismo muestra cómo estas representaciones contribuyen a construir oposiciones entre «nosotros» y «ellos».

¿Qué aporta el psicoanálisis al estudio de los símbolos políticos?

Permite estudiar la dimensión subjetiva de la identificación, no solo qué representa un símbolo, sino qué lugar ocupa para el sujeto, qué deseo articula y qué tipo de pertenencia ofrece. Esta perspectiva complementa, no sustituye, la evidencia procedente de la psicología política y las ciencias sociales.


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