
19 de agosto del 2026
Introducción
El problema que comienza cuando abrimos los ojos
Hay una experiencia tan cotidiana que normalmente no nos detenemos a pensar en ella: mirar el mundo y tener la impresión de que simplemente lo vemos tal como es.
Abrimos los ojos y encontramos una habitación, una persona, un árbol, una calle o cualquer rostro conocido. Parece que la realidad está ahí, delante de nosotros, y que nuestros sentidos se limitan a recibirla. La percepción cotidiana transmite una sensación de evidencia: vemos porque las cosas están ahí para ser vistas.
Sin embargo, basta detenerse un momento para que aparezca una pregunta filosófica de enorme profundidad:
¿Vemos realmente la realidad o vemos una interpretación de ella?
La pregunta no implica necesariamente que el mundo exterior sea una ilusión ni que todo aquello que percibimos sea subjetivo. El problema es más interesante. Consiste en comprender qué ocurre entre el mundo que existe y la experiencia que tenemos de él.
Cuando vemos una mesa, ¿vemos directamente la mesa? ¿Percibimos sus propiedades físicas? ¿Construye nuestro cerebro una representación de ese objeto? ¿Intervienen los recuerdos y expectativas? ¿La percepción comienza en los sentidos o existe ya una forma de interpretación en el propio acto de percibir?
Estas preguntas han acompañado a la filosofía durante siglos y continúan siendo extraordinariamente actuales. De hecho, las investigaciones contemporáneas sobre percepción muestran que la experiencia sensorial es mucho más sofisticada de lo que sugiere la idea de una recepción pasiva de estímulos. La atención, las expectativas y las creencias previas influyen en aquello que detectamos y en la interpretación que hacemos de una misma situación.
Esto significa que entre realidad y percepción existe una relación mucho más compleja de lo que solemos imaginar. Y esa complejidad tiene consecuencias que van mucho más allá de la filosofía.
Porque si percibir implica organizar, seleccionar e interpretar, entonces también debemos preguntarnos cómo aprendemos a interpretar el mundo, qué elementos culturales intervienen en esa acción y hasta qué punto nuestras formas de ver pueden ser transformadas.
La vieja oposición entre realidad y apariencia
La historia de la filosofía occidental está atravesada por una preocupación fundamental: la diferencia entre lo que aparece y lo que es.
En la filosofía de Platón, esta cuestión adquiere una formulación clásica mediante la oposición entre el mundo sensible y aquello que permitiría acceder a un conocimiento más verdadero de la realidad. La famosa alegoría de la caverna expresa precisamente la dificultad de confundir las apariencias con aquello que las produce.
Muchos siglos después, la filosofía moderna volverá a formular el problema desde otro ángulo. Descartes llevará la duda hasta un extremo radical: si nuestros sentidos pueden engañarnos en determinadas circunstancias, ¿cómo podemos estar seguros de que lo percibido corresponde efectivamente al mundo exterior?
La cuestión parece abstracta hasta que observamos algunas experiencias muy sencillas. Un objeto parece cambiar de tamaño cuando se aleja, esa vara parece doblarse cuando lo introducimos en el agua. Una superficie parece de un color diferente dependiendo de la iluminación. Y dos líneas idénticas pueden parecernos distintas según el contexto en el que aparecen.
Las ilusiones perceptivas muestran algo importante: ver no garantiza automáticamente comprender correctamente aquello que vemos. Pero tampoco permiten concluir que la percepción sea un engaño.
Si una ilusión visual demuestra que podemos equivocarnos, también demuestra que la percepción posee una estructura propia. No recibimos el mundo como una colección indiferenciada de datos. Organizamos figuras, fondos, profundidades, movimientos y relaciones.
La psicología de la Gestalt convirtió esta cuestión en uno de sus problemas centrales: la percepción tiende a organizar los estímulos en configuraciones significativas. Merleau-Ponty incorporaría posteriormente muchas de estas aportaciones a su fenomenología de la percepción.
La cuestión, por tanto, cambia. Ya no se trata de preguntar:
«¿Lo que veo es verdadero o falso?»
Hay que cuestionarse:
«¿Cómo llega algo a aparecer ante mí como algo?»
¿La percepción es una copia de la realidad?
Una de las imágenes más intuitivas de la percepción consiste en imaginar los sentidos como una especie de cámara fotográfica. El mundo estaría ahí fuera. La luz, los sonidos y otros estímulos llegarían hasta nuestro organismo. Los sentidos registrarían esa información. Y finalmente tendríamos una representación interna de aquello que existe fuera de nosotros.
La imagen resulta intuitiva, pero filosóficamente plantea numerosos problemas.
Si la mente recibiera sencillamente una copia del mundo, ¿cómo explicaríamos las ilusiones? ¿Cómo explicaríamos que una misma configuración visual pueda adquirir significados diferentes dependiendo del contexto? ¿Cómo explicaríamos que eso que esperamos encontrar influya en nuestra atención?
La filosofía de la percepción ha desarrollado distintas respuestas a este problema. El realismo directo sostiene, en términos generales, que percibimos los objetos del mundo de manera directa, mientras que las posiciones representacionalistas o de realismo indirecto afirman que existe algún tipo de mediación entre el objeto externo y la experiencia perceptiva.
No existe una solución sencilla aceptada por todas las corrientes. Precisamente por eso la percepción sigue siendo uno de los grandes problemas de la filosofía de la mente.
La revolución de la fenomenología
A comienzos del siglo XX, Edmund Husserl planteó una transformación decisiva en la manera de abordar estas cuestiones. En lugar de comenzar preguntando qué es la realidad considerada desde una posición exterior, la fenomenología propone investigar cómo se da la realidad en la experiencia.
El desplazamiento parece pequeño, pero tiene consecuencias profundas. No es elegir entre: «El mundo existe independientemente de nosotros» o «El mundo es una construcción de nuestra mente».
La fenomenología introduce una tercera posibilidad: estudiar la relación concreta entre sujeto y mundo tal como se vive.
Maurice Merleau-Ponty llevará esta perspectiva todavía más lejos. Para él, percibir no equivale a construir mentalmente una fotografía del exterior. La percepción es una forma de estar corporalmente situado en el mundo. El cuerpo no constituye un objeto que poseemos; es también ese “cuerpo” mediante lo cual nos orientamos, actuamos y encontramos sentido en nuestro entorno.
Esta idea resulta especialmente importante para comprender por qué no percibimos como espectadores situados fuera de la realidad. Estamos dentro de ella, el cuerpo ocupa un lugar e historia; también posee hábitos, se mueve, recuerda y anticipa.
Y desde todo eso establece una relación perceptiva con aquello que lo rodea. Por eso no existe una mirada completamente desencarnada.
No vemos únicamente con los ojos
Esta afirmación puede parecer extraña, pero resulta fundamental. Los ojos son indispensables para la visión, pero ver no es simplemente recibir información visual.
Cuando entramos en una habitación conocida, no necesitamos reconstruir conscientemente cada objeto. Reconocemos inmediatamente una silla, una puerta, una ventana o una mesa.
Cuando caminamos por una calle, tampoco analizamos de manera explícita cada elemento visual que encontramos. La percepción ya está organizada por hábitos, expectativas y conocimientos previos.
La investigación psicológica contemporánea confirma que factores como las expectativas y las creencias previas pueden influir cuando atendemos y en cómo interpretamos una escena. Esto no significa que podamos inventar cualquier realidad simplemente deseándola, dado que el mundo ofrece resistencias.
Una pared sigue siendo una pared aunque no queramos verla. Cualquiera puede contradecir nuestras expectativas. Un X acontecimiento puede desmentir aquello que creíamos saber.
Aquí aparece una cuestión fundamental: interpretar no significa fabricar arbitrariamente la realidad, es establecer una relación significativa con ella.
La percepción como encuentro
Merleau-Ponty resulta particularmente útil para superar la falsa alternativa entre objetividad absoluta y subjetivismo absoluto. No vivimos en un mundo completamente construido por la conciencia. Pero tampoco accedemos a una realidad completamente desnuda, separada de nuestro cuerpo, historia y situación.
La percepción es un encuentro entre nosotros y el mundo. Un encuentro siempre situado. Cuando observamos un paisaje, una suma de colores y formas, vemos un lugar. Podemos reconocerlo como paisaje natal, espacio amenazante, territorio turístico, lugar de trabajo o recuerdo de infancia.
La misma realidad física adquiere diferentes significaciones dependiendo de la relación que establecemos con ella. Esto no convierte la realidad en una invención. Nos muestra algo más interesante: el significado no está completamente separado de la experiencia.
Y aquí comienza a aparecer la relación entre percepción y representación. Porque una vez que comprendemos que nuestra experiencia del mundo está organizada por significados, podemos preguntarnos cómo esos significados se construyen, circulan y se transforman culturalmente.
De la percepción a la representación
La fotografía no es la realidad. Un mapa no es el territorio. La película no es aquello que representa, así como el retrato no es la persona retratada y la palabra no es el objeto que designa.
Sin embargo, todas estas formas de representación nos permiten relacionarnos con todos eso que no está inmediatamente presente. Representar significa, en cierto sentido, hacer presente algo mediante otra cosa.
La representación puede acercarnos al mundo, pero también seleccionarlo, ya que la fotografía decide un encuadre, el mapa selecciona información y película organiza el tiempo. De forma parecida, la imagen publicitaria elige qué asociación quiere provocar.
Por eso representación y percepción están profundamente conectadas. No solamente percibimos representaciones. También aprendemos a percibir el mundo a través de representaciones previamente disponibles.
Y aquí el problema deja de ser exclusivamente filosófico para ser un problema cultural y político. Porque si las representaciones influyen en la manera de reconocer el mundo, entonces quien participa en la producción de representaciones también está en la producción de significado social.
Una pregunta que nos acompañará durante todo el artículo
Cuando vemos una imagen, ¿estamos descubriendo algo que ya estaba ahí o estamos participando en la construcción de su significado? Probablemente la respuesta más rigurosa no sea elegir exclusivamente una de las dos posibilidades.
Hay algo que existe independientemente de nosotros. Pero nuestra experiencia de ese algo nunca aparece completamente separada de las capacidades perceptivas, cuerpo, historia y categorías culturales.
La realidad no desaparece porque la interpretemos. Pero tampoco la interpretación es un añadido irrelevante colocado encima de una realidad completamente transparente.
Entre ambas dimensiones existe un espacio complejo. Es ese espacio el que vamos a explorar en las siguientes partes: las teorías filosóficas de la percepción, la psicología cognitiva, la fenomenología, el psicoanálisis y la crítica de las representaciones sociales.
Porque quizá la pregunta decisiva no sea si vemos la realidad o la interpretamos, pero sí esta: ¿Cómo aprendimos a ver la realidad de la manera en que la vemos?
Y, sobre todo: ¿Podemos aprender a verla de otra manera?
Percepción, contexto y construcción del significado
Si percibir no equivale a registrar estímulos, entonces debemos abandonar una de las metáforas más persistentes de la cultura: la idea de que los sentidos funcionan como ventanas transparentes abiertas hacia un mundo que permanece intacto al otro lado.
La percepción es más compleja. Recibimos información sensorial, pero esa información llega a un organismo que ya posee expectativas, hábitos, recuerdos y objetivos. La experiencia perceptiva surge de la interacción entre lo que acontece y aquello que aportamos al encuentro con lo que acontece.
La investigación contemporánea sobre visión ha encontrado evidencias de que el contexto de una escena influye en la identificación de objetos y que el procesamiento de objetos y escenas mantiene relaciones bidireccionales. Lo que esperamos encontrar modifica la manera en que procesamos lo que aparece, mientras que aquello que encontramos también puede modificar las expectativas.
Esto permite comprender mejor por qué una misma realidad puede ser percibida de maneras diferentes sin que necesariamente exista una realidad diferente para cada individuo.
Ver no es lo mismo que reconocer
Imaginemos que caminamos por una calle desconocida y distinguimos a cierta distancia una figura humana. Primero aparece una forma general, después advertimos que se trata de una persona. Finalmente reconocemos que es alguien conocido. La información visual no ha cambiado necesariamente de manera radical durante esos instantes, lo que ha cambiado es la relación con ella. El reconocimiento introduce significado.
Algo semejante ocurre continuamente en la experiencia cotidiana. Cuando entramos en una habitación, no necesitamos analizar conscientemente cada línea, color, superficie y volumen. La percepción identifica configuraciones significativas con enorme rapidez. Reconocemos una silla como silla, una puerta como puerta y un rostro como rostro.
La percepción humana posee esa capacidad de organizar lo que recibe en unidades significativas. La psicología de la Gestalt convirtió este principio en una cuestión fundamental: lo que percibimos no aparece como una suma de elementos aislados, sino organizado en configuraciones en las que figura y fondo, proximidad, semejanza y contexto participan en la experiencia.
Merleau-Ponty encontró en estas investigaciones un importante apoyo para su crítica a las concepciones que trataban la percepción como una acumulación de sensaciones elementales. Para la fenomenología, lo percibido aparece ya organizado, situado y dotado de una determinada estructura.
Esto modifica profundamente la pregunta inicial. No se trata de averiguar si entre nuestros ojos y el mundo existe una pantalla mental que deforma todo cuanto vemos, sino de comprender que percibir ya es encontrarse con un mundo estructurado y significativo.
El contexto cambia lo que vemos
Una de las demostraciones más interesantes de este fenómeno procede de situaciones en las que exactamente el mismo estímulo adquiere significados diferentes dependiendo de qué lo rodea.

Una palabra incompleta puede resultar perfectamente legible si el contexto permite anticiparla. Un objeto parcialmente oculto se reconoce con mayor facilidad cuando sabemos qué estamos buscando. Una figura ambigua puede adquirir una interpretación u otra dependiendo de las imágenes que la acompañan. El contexto interviene en la propia experiencia perceptiva.
Las investigaciones actuales sobre procesamiento visual muestran que la información procedente de las escenas puede modular el procesamiento de los objetos que contienen, mientras que la información sobre los objetos contribuye a interpretar la escena completa.
Esto tiene una consecuencia importante para la pregunta inicial: no vemos cada elemento de manera aislada y después construimos el mundo, el mundo percibido aparece ya articulado en relaciones.
Una taza sobre una mesa no es una determinada combinación de colores y contornos. Es una taza sobre una mesa. Un automóvil detenido junto a un semáforo no es únicamente una forma geométrica, pertenece a una situación que comprendemos. La percepción está cargada de contexto y éste se halla cargado de significado.
Expectativas: vemos también aquello que esperamos encontrar
Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes de la psicología contemporánea de la percepción.
El cerebro no procesa cada experiencia como si fuera absolutamente nueva. La experiencia anterior proporciona regularidades que permiten anticipar lo que probablemente ocurrirá. Las investigaciones sobre procesamiento predictivo y percepción han mostrado que las expectativas pueden modular la actividad neuronal y el comportamiento perceptivo.
Esto tiene una ventaja evidente. Si cada instante de la existencia exigiera interpretar desde cero todos los estímulos disponibles, nuestra relación con el entorno sería extraordinariamente lenta e ineficiente. Las expectativas permiten orientarnos rápidamente.
Pero existe también un coste. Lo que esperamos encontrar puede influir en aquello que terminamos percibiendo.
Esto ayuda a explicar por qué los prejuicios pueden intervenir en la experiencia cotidiana sin que seamos necesariamente conscientes de ello. Si esperamos encontrar peligro en determinado lugar, determinados indicios adquirirán inmediatamente mayor relevancia. Si esperamos que una persona sea hostil, ciertos gestos ambiguos podrían interpretarse de manera diferente.
La percepción no se convierte por ello en proyección de nuestras creencias. El mundo sigue ofreciendo información que puede confirmar, matizar o contradecir las expectativas. Pero la relación entre ambas dimensiones es dinámica. El conocimiento previo orienta la percepción y la experiencia modifica dicho conocimiento previo.
La percepción también puede equivocarse
Esta cuestión nos devuelve al antiguo problema filosófico de la ilusión.
Una ilusión perceptiva no demuestra que los sentidos sean inútiles, pero sí algo más interesante: que las condiciones que normalmente hacen posible una percepción eficaz también pueden producir errores en algunas circunstancias.
La filosofía de la percepción ha convertido las ilusiones y las alucinaciones en problemas centrales porque ponen en cuestión la idea intuitiva de que percibir consiste en entrar en contacto directo e inmediato con la realidad.
Pero existe una diferencia fundamental entre afirmar que la percepción puede equivocarse y decir que toda percepción es una ilusión. Si alguien confunde un objeto con otro, la posibilidad del error presupone que existe alguna diferencia entre lo que creyó percibir y aquello que efectivamente estaba allí.
El error tiene sentido porque existe una realidad que puede corregir nuestra interpretación. Si todo fuera pura construcción subjetiva, no podríamos hablar propiamente de error. Cualquier interpretación sería tan válida como cualquier otra. Y eso no describe nuestra experiencia, es decir, podemos equivocarnos, rectificar, descubrir que habíamos entendido mal una situación, etc.
Merleau-Ponty: no somos una conciencia frente a un mundo
La fenomenología de Maurice Merleau-Ponty permite profundizar todavía más en esta cuestión. Una de sus aportaciones fundamentales consiste en cuestionar la separación rígida entre un sujeto que contempla y un objeto contemplado. El cuerpo no constituye un instrumento que transporta una conciencia situada dentro de él, es nuestra manera primaria de estar en el mundo.
Cuando caminamos, no necesitamos elaborar previamente una representación geométrica del espacio para saber dónde colocar el pie. Cuando extendemos la mano hacia un objeto, tampoco calculamos conscientemente todas las variables necesarias para alcanzarlo. El cuerpo posee una familiaridad práctica con el mundo.
Esta dimensión corporal de la percepción fue central en Fenomenología de la percepción, obra en la que Merleau-Ponty integró filosofía, psicología de la Gestalt y neurología para cuestionar tanto el empirismo como las explicaciones excesivamente intelectualistas de la experiencia perceptiva. Desde esta perspectiva, percibir no significa construir mentalmente un duplicado del mundo, sino habitarlo.
El mundo no aparece ante nosotros como una colección de objetos independientes. Aparece como un campo de posibilidades: eso que podemos tocar, recorrer, evitar, utilizar, contemplar, recordar o transformar. La percepción es, por tanto, inseparable de la capacidad de actuar.

El cuerpo también interpreta
Esta concepción resulta especialmente importante porque introduce una dimensión que a menudo olvidamos cuando hablamos de percepción: el cuerpo tiene historia.
Una persona que ha aprendido a tocar el piano no percibe un teclado exactamente igual que alguien que nunca ha tocado uno. Un arquitecto, por ejemplo, puede reparar en determinadas relaciones espaciales que pasan desapercibidas para otro observador. Y un fotógrafo entrenado distingue posibilidades de encuadre que otro espectador quizá no advierta.
No se trata de que tengan ojos diferentes. Han desarrollado formas diferentes de atención y de relación con lo visible. La experiencia modifica las capacidades perceptivas.
La percepción, por tanto, no es una operación completamente fija. Se transforma con el aprendizaje, la práctica y la relación con el entorno. Esta idea posee una consecuencia filosófica especialmente sugerente: nuestra manera de ver no es solamente algo que tenemos, también es algo que aprendemos.
¿Y qué ocurre con la cultura?
Aquí la cuestión adquiere una dimensión todavía más amplia. Si aprendemos a reconocer objetos, situaciones y significados mediante la experiencia, entonces la cultura participa necesariamente en nuestra forma de percibir.
No vemos solo colores y formas, también, símbolos, categorías, identidades, relaciones sociales y cuerpos interpretados culturalmente. Un uniforme no es solamente una combinación de colores y tejidos. Puede significar autoridad, pertenencia, amenaza, protección o profesión. Al igual que la bandera no es solamente un fragmento de tela.
La cultura proporciona marcos que permiten reconocer qué significa lo que aparece ante nuestros sentidos. Por eso percepción y representación están estrechamente relacionadas.
La representación no reproduce simplemente: organiza
Cuando una fotografía encuadra un rostro, elimina todo lo que queda fuera de sus límites. Un mapa representa un territorio, selecciona determinados elementos y omite otros.
Cuando una película muestra una manifestación, decide desde dónde observarla, qué cuerpos aparecen, qué sonidos escuchamos y cuáles acontecimientos reciben continuidad narrativa. La representación no es una copia completa, es una forma de organización de lo visible.
La cuestión crítica comienza cuando olvidamos esa selección y confundimos la representación con la totalidad. Un mapa puede ser extremadamente preciso y seguir sin ser el territorio. La representación establece una relación con la realidad, pero no la agota.
De la representación a la ideología
Aquí aparece una conexión decisiva con el pensamiento crítico. Si las representaciones seleccionan y organizan lo visible, entonces también participan en la construcción X que una sociedad considera digno de atención.
- ¿Qué cuerpos aparecen continuamente en la publicidad?
- ¿Quiénes protagonizan las películas?
- ¿Qué grupos son representados como amenaza?
- ¿Qué formas de vida aparecen como exitosas?
- ¿Qué relaciones familiares se presentan como normales?
- ¿Qué imágenes asociamos espontáneamente con pobreza, poder, belleza, inteligencia o peligro?
Estas preguntas muestran que la percepción humana no puede separarse completamente de los sistemas culturales que producen significado.
La ideología no necesita decirnos explícitamente qué pensar. A menudo opera mediante algo mucho más sutil: hacer que determinadas formas de ver parezcan naturales.
La repetición de una representación puede convertir una construcción histórica en una evidencia aparentemente inmediata. Y cuando algo parece evidente, resulta mucho más difícil cuestionarlo.
Aprender a ver también significa aprender a cuestionar
Esta es probablemente una de las consecuencias más importantes de todo el recorrido. Si la percepción estuviera completamente determinada, no existiría posibilidad de transformación. Si fuera libre, tampoco existiría condicionamiento cultural.
La situación es más compleja. La mirada se forma dentro de una historia, pero esa historia puede ser interrogada. Es posible aprender a identificar lo que anteriormente no veíamos, descubrir que una determinada representación estaba condicionando nuestra interpretación.
Igualmente, es posible confrontar una imagen con otras imágenes, cambiar de perspectiva, introducir preguntas allí donde antes solo había evidencia. En este sentido, educar la mirada es también una práctica crítica.
No se trata de desconfiar sistemáticamente de nuestros sentidos ni de caer en el relativismo de afirmar que cada observador posee su propia realidad. Es comprender mejor las condiciones mediante las cuales algo llega a aparecer ante nosotros como verdadero, normal, bello, amenazante o deseable.
Y esta cuestión nos conduce directamente hacia una dimensión todavía más profunda: el deseo.
Porque no solo interpretamos aquello que vemos. También deseamos aquello que vemos. Algunas imágenes nos atraen y otras nos repelen. Algunas despiertan recuerdos, angustia, etc.
La percepción no es solo conocimiento del mundo, está atravesada por nuestra posición subjetiva. Es aquí donde la filosofía de la percepción comienza a encontrarse con el psicoanálisis.
Percepción, deseo y psicoanálisis: cuando mirar también implica desear
Hasta ahora hemos visto que percibir no consiste en recibir pasivamente una copia del mundo. La experiencia perceptiva está atravesada por el contexto, la memoria, el aprendizaje, las expectativas y nuestra posición corporal. Pero todavía queda una dimensión fundamental por explorar: no miramos únicamente para conocer; también miramos porque algo nos interesa, nos atrae, nos inquieta o nos afecta.
La mirada está vinculada al deseo. Esta afirmación permite establecer un puente entre la filosofía de la percepción y el psicoanálisis. Freud y, posteriormente, Lacan introdujeron una concepción del sujeto que resulta especialmente fecunda para comprender por qué determinadas imágenes nos capturan mientras otras pasan inadvertidas. La percepción no constituye un proceso puramente cognitivo: eso que vemos está relacionado, aunque no de manera mecánica, con nuestra posición subjetiva.
No todos miramos lo mismo ni nos afecta del mismo modo.
Freud: entre percepción, representación y realidad psíquica
El psicoanálisis nació, en buena medida, cuestionando la idea de que la conciencia constituye el centro transparente de la experiencia.
Para Freud, una parte importante de la vida psíquica permanece fuera de la conciencia. Deseos, recuerdos, conflictos y fantasías pueden intervenir en la relación con el mundo sin presentarse necesariamente como pensamientos conscientes.
Esto introduce una distinción decisiva entre realidad material y realidad psíquica. La realidad exterior no desaparece. Existe un mundo que ofrece resistencia y acontecimientos que no dependen de los deseos. Pero nuestra relación con ese mundo está mediada por una vida psíquica que posee su propia historia.
Un mismo acontecimiento puede adquirir significados completamente diferentes para dos personas porque cada una lo integra en una red distinta de recuerdos, identificaciones y deseos.
El psicoanálisis no afirma que podamos inventar arbitrariamente la realidad. Su propuesta es más incómoda: la experiencia de la realidad nunca está completamente separada de la posición subjetiva que tengamos.
Esta cuestión resulta especialmente importante cuando hablamos de imágenes. Una fotografía puede mostrar objetivamente un rostro y, sin embargo, desencadenar en alguien una emoción que no procede exclusivamente de la imagen que la fotografía contiene. La imagen funciona entonces como un punto de encuentro entre lo visible y lo que el sujeto aporta.
El inconsciente y eso que no sabemos que estamos viendo
Una de las aportaciones fundamentales del psicoanálisis consiste precisamente en cuestionar la equivalencia entre ver algo y ser consciente de todo lo que ese algo significa para nosotros.
Podemos saber qué estamos mirando sin saber completamente por qué nos afecta; afirmar que una imagen nos resulta desagradable sin poder explicar inmediatamente la razón; sentirnos atraídos por tipo de representación y descubrir, posteriormente, asociaciones que no habíamos reconocido.
Esto no significa que toda preferencia tenga necesariamente una explicación psicoanalítica oculta. Sería una simplificación convertir cualquier experiencia estética en un síntoma.
La cuestión es más prudente: la conciencia no agota las razones por las que una imagen puede adquirir importancia para nosotros.
La percepción, en consecuencia, posee una dimensión subjetiva que no puede reducirse a la transmisión de información sensorial. Miramos desde una historia que interviene en lo que pasamos a considerar significativo.
Lacan y la mirada: no somos completamente dueños de lo que vemos
Jacques Lacan radicalizó algunas de estas cuestiones al distinguir entre el ojo y la mirada. El ojo pertenece al ámbito de la visión fisiológica, permite ver. La mirada, en cambio, introduce una dimensión subjetiva y simbólica mucho más compleja.
En su elaboración sobre la mirada, Lacan cuestiona la posición aparentemente cómoda de un sujeto que observa un objeto situado frente a él. El sujeto cree mirar desde una posición exterior y controlar aquello que contempla, pero dicha mirada introduce algo que desestabiliza esa seguridad.
En determinadas experiencias visuales podemos sentirnos capturados por lo que estamos viendo.
No somos simplemente quienes observan. Algo de la imagen consigue detenernos: un detalle, expresión, composición o presencia. Eso que nos atrae no siempre coincide con lo que racionalmente habíamos decidido observar. La mirada señala precisamente esa dimensión en la que el sujeto descubre que no controla por completo su relación con lo visible.
Ver y ser visto
La cuestión adquiere una dimensión todavía más profunda cuando recordamos que la experiencia cotidiana no consiste únicamente en mirar a otras otros. También somos mirados. Sabemos que otros pueden observarnos, imaginamos cómo aparecemos ante ellos.
Nos reconocemos en fotografías y contemplamos en espejos. Incluso modificamos nuestra conducta cuando sentimos que alguien nos observa. La experiencia de ser visto introduce una dimensión social en la percepción. Vivimos en un mundo poblado por otros sujetos que también miran.
Aquí aparece una cuestión central para comprender la cultura contemporánea: las imágenes muestran cuerpos, pero también enseñan a los cuerpos cómo deben aparecer ante los demás.
La publicidad, el cine, la fotografía y las redes sociales producen continuamente modelos de belleza, éxito, juventud, masculinidad, feminidad, deseo o reconocimiento. No necesitamos aceptar conscientemente esos modelos para que formen parte del entorno simbólico en el que aprendemos a interpretar la propia apariencia.
La representación del cuerpo y la construcción del deseo
La cultura visual moderna ha convertido el cuerpo en uno de sus principales objetos de representación. Pero representar un cuerpo nunca consiste solo en mostrarlo.
Un mismo cuerpo puede aparecer como objeto de deseo, símbolo de poder, representación de vulnerabilidad, motivo de exclusión o expresión de identidad. El significado depende de la posición desde la que se construye la imagen.
Aquí resulta especialmente importante la crítica feminista del cine desarrollada por Laura Mulvey. En su célebre ensayo sobre el placer visual y el cine narrativo, Mulvey analizó cómo determinados mecanismos del cine clásico organizaban la experiencia visual alrededor de una mirada masculina que convertía a la mujer en objeto de contemplación.
La importancia de este planteamiento reside únicamente en la categoría de male gaze, pero su aportación más profunda consiste en mostrar que la forma de representar puede organizar posiciones de poder.
- Quién mira.
- Quién es mirado.
- Quién tiene capacidad de actuar.
- Quién aparece como objeto.
- Quién ocupa el centro del relato.
- Quién permanece en silencio.
Estas preguntas permiten conectar la filosofía de la percepción con la teoría crítica. La percepción no sucede en un vacío social, aprendemos a mirar dentro de relaciones históricas.
Una imagen nunca llega completamente sola
Cuando observamos una imagen, llevamos algo con nosotros, como conocimientos previos, recuerdos, categorías culturales y expectativas. También llevamos una relación con lo representado.
Por eso una misma imagen produce experiencias diferentes. Una persona puede contemplar un retrato histórico y percibir principalmente una composición artística, mientras que otra reconoce en él una figura política, una experiencia personal o un grupo social. Y la imagen es la misma. La experiencia no lo es.
Esto no significa que cualquier interpretación sea igualmente válida. Una interpretación rigurosa debe poder justificar sus afirmaciones atendiendo a los elementos de la obra, su contexto histórico y condiciones de producción.
El significado de una imagen no puede reducirse completamente a una propiedad física situada dentro de ella. Existe una relación entre imagen, espectador y contexto.
¿Entonces cada persona ve una realidad diferente?
Aquí conviene introducir una distinción importante. Decir que la percepción está condicionada por nuestra historia no significa afirmar que cada individuo vive en una realidad completamente independiente.
Ese extremo conduce fácilmente al relativismo: si todo fuera interpretación, entonces no habría ninguna posibilidad de distinguir entre conocimiento y error, entre evidencia y prejuicio.
Pero tampoco resulta convincente imaginar una percepción absolutamente objetiva, idéntica para todos los sujetos y completamente independiente de su posición. La alternativa más fértil consiste en reconocer que existe una realidad compartida, pero nuestro acceso a ella está situado.
Esta distinción tiene una enorme importancia política. Porque permite reconocer nuestras propias limitaciones sin caer en la idea de que la verdad es simplemente una cuestión de opinión. Podemos estar equivocados, descubrir un prejuicio en nuestra percepción, confrontar nuestra interpretación con la experiencia de otras personas, modificar nuestra comprensión, etc. La pluralidad de perspectivas no elimina la posibilidad del conocimiento.
Percepción y emancipación: aprender a desconfiar de lo evidente
Desde una perspectiva crítica, quizá una de las funciones más importantes del pensamiento consista en interrumpir la evidencia inmediata. Lo evidente parece no necesitar explicación.

Si una imagen nos presenta una definida forma de pobreza, éxito, criminalidad, belleza o autoridad, podemos aceptarla como una descripción natural de la realidad. Pero la teoría crítica pregunta:
¿Por qué esta representación y no otra?
- ¿Quién decidió que esta imagen representaba la pobreza?
- ¿Por qué determinados individuos aparecen siempre como víctimas y otras como protagonistas?
- ¿Por qué ciertos cuerpos se consideran atractivos y otros se presentan como problemáticos?
- ¿Por qué algunas formas de vida aparecen como normales mientras otras se representan como desviadas?
La pregunta crítica no consiste necesariamente en negar la imagen. Consiste en hacer visible aquello que la imagen había convertido en invisible. Aquí la percepción adquiere una dimensión emancipadora. Aprender a mirar de otra manera significa ampliar lo que somos capaces de reconocer.
El poder de una imagen también reside en lo que excluye
Toda representación tiene límites. Una fotografía no puede mostrar simultáneamente todos los ángulos o película no puede contar todas las historias. Esta limitación no constituye necesariamente un defecto, es una condición de toda representación.
El problema aparece cuando olvidamos que existe un fuera de campo. Lo que no vemos también puede ser significativo. En el cine, por ejemplo, el “fuera de campo” puede sugerir una presencia que nunca aparece directamente. En fotografía, aquello que queda fuera del encuadre puede cambiar completamente el significado de lo que vemos. En política, determinados grupos pueden permanecer ausentes de las imágenes mediante las cuales una sociedad se representa a sí misma.
Por eso una lectura crítica debe preguntar no solamente: ¿Qué muestra esta imagen y qué queda fuera de ella?
Del psicoanálisis a la cultura visual
La aportación del psicoanálisis a este debate nos recuerda que el sujeto no es completamente transparente para sí mismo. Todo lo que vemos está relacionado con los deseos, tememos, recordamos e imaginamos. Las imágenes pueden convertirse en superficies donde esos procesos encuentran una forma visible. Por eso una imagen no funciona como objeto de deseo, espacio de identificación, desencadenante de angustia o soporte de una fantasía.
La cultura visual contemporánea explota constantemente estas dimensiones. La publicidad vende posibilidades imaginarias de ser. Las redes sociales construyen modelos de reconocimiento. El cine ofrece posiciones desde las que podemos contemplar el mundo.
Las imágenes generadas mediante inteligencia artificial introducen ahora otra cuestión: es posible producir representaciones de personas, acontecimientos y mundos que nunca han existido materialmente. La relación entre percepción, representación y realidad se vuelve así todavía más problemática.
Cuando una representación empieza a parecer realidad
Aquí llegamos a uno de los problemas centrales de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de imágenes que han sido cuidadosamente seleccionadas, editadas, retocadas o generadas. Sin embargo, seguimos experimentándolas visualmente con una enorme inmediatez.
Por ejemplo: Una fotografía manipulada puede produce una emoción auténtica. La escena ficticia que genera miedo real. El personaje inexistente que se convierte en objeto de identificación.
Una imagen generada artificialmente puede provocar indignación, aunque el acontecimiento representado jamás haya ocurrido. La distinción entre realidad de la imagen y realidad representada adquiere entonces una importancia extraordinaria.
No basta con preguntar si una imagen es verdadera o falsa. También debemos preguntar: ¿Qué efecto produce, aunque sea falsa?
Una representación puede no corresponder con un acontecimiento real y, sin embargo, modificar opiniones, deseos o comportamientos. Por eso la cultura visual exige una alfabetización que combine percepción, filosofía, psicología y pensamiento crítico. Se trata de aprender a reconocer cómo las imágenes intervienen en nuestra relación con la realidad.
La pregunta por la libertad
Llegados aquí, la pregunta inicial adquiere una nueva dimensión. ¿Vemos la realidad o la interpretamos? Probablemente hacemos ambas cosas, pero nunca desde un punto de vista absolutamente neutral.
Existe un mundo que no hemos creado y que puede resistirse a nuestras interpretaciones. Al mismo tiempo, la experiencia de ese mundo está condicionada por el cuerpo, la memoria, el lenguaje, la cultura, el deseo y las representaciones que hemos aprendido.
Reconocer esta tensión no debería conducirnos al escepticismo absoluto, pero sí a una forma más exigente de libertad. Porque ser libre no significa mirar desde ninguna posición; es ser capaz de reconocer la posición desde la que miramos y someterla a crítica.
La pregunta verdaderamente transformadora es otra: ¿Qué condiciones hacen posible que veamos el mundo de esta manera y no de otra?
Responder exige pasar de la percepción individual a la historia, la cultura, el lenguaje y las relaciones de poder. Y es precisamente ahí donde la filosofía de la percepción se encuentra con la teoría crítica: en el intento de comprender cómo hemos aprendido a considerar evidente lo que vemos.
¿Quién construye nuestra mirada? Percepción, cultura y pensamiento crítico
Si la relación con el mundo está condicionada por la experiencia, el cuerpo, las expectativas y el lenguaje, entonces la percepción tampoco puede entenderse al margen de la sociedad en la que vivimos. Aprendemos a reconocer objetos, pero también aprendemos a reconocer sujetos, identidades, comportamientos, jerarquías y diferencias.
No nacemos sabiendo qué significa una X vestimenta, qué aspecto asociamos con la autoridad, qué cuerpo consideramos atractivo o qué rostro interpretamos como amenazante. Esas asociaciones se forman dentro de contextos históricos y culturales.
La percepción tiene una dimensión biológica, pero la manera de dar significado a lo percibido también tiene una historia. Esta afirmación resulta especialmente importante cuando trasladamos el problema de la percepción desde la experiencia individual hacia la cultura visual. Porque una sociedad no solamente produce objetos e imágenes, también genera categorías para interpretarlos, que llegan a parecernos tan evidentes que olvidamos que fueron construidas.
La cultura enseña a mirar
Pensemos en algo aparentemente sencillo: un retrato. Podríamos observar colores, formas, proporciones, expresión facial y composición. Pero prácticamente desde el primer instante buscamos también información sobre quién es esa persona, qué posición ocupa, qué relación tiene con nosotros y qué representa. No vemos únicamente una imagen, observamos a alguien.
Ese reconocimiento depende de capacidades perceptivas, pero también de conocimientos y categorías adquiridos. Sabemos interpretar algunos gestos porque pertenecemos a una cultura que les atribuye significados. Reconocemos uniformes, símbolos religiosos, signos políticos, códigos de vestimenta o determinadas formas arquitectónicas porque hemos aprendido a leerlos. La percepción humana no funciona, por tanto, aislada del conocimiento.
La investigación contemporánea sobre visión muestra precisamente que el procesamiento de objetos y escenas mantiene relaciones bidireccionales: el contexto de una escena influye en cómo procesamos los objetos y, a su vez, los objetos contribuyen a interpretar la escena.
La consecuencia filosófica es importante: ver es también reconocer dentro de un contexto, tanto físico como cultural.
Del reconocimiento a la clasificación
Hay una operación que realizamos continuamente sin ser demasiado conscientes de ella: clasificamos (sujeto, animal, cosa, peligro, alimento, amigo, extraño, adulto, peligro etc.).
La categorización permite orientarnos en un mundo extraordinariamente complejo. Sin ella, cada experiencia exigiría un esfuerzo cognitivo desproporcionado. La investigación reciente en neurociencia cognitiva insiste precisamente en que la categorización no constituye únicamente una etapa final posterior a la percepción, sino que participa de manera amplia en el procesamiento de la información.
Pero la clasificación tiene también una dimensión social. Cuando clasificamos individuos utilizamos categorías culturales que pueden incorporar expectativas, prejuicios y estereotipos. La percepción puede verse influida por aquello que esperamos encontrar en el otro.
La psicología social lleva décadas estudiando cómo los estereotipos intervienen en la formación, mantenimiento y aplicación de expectativas acerca de diferentes grupos sociales. Esto no significa que todos los juicios perceptivos sean prejuiciosos ni que podamos reducir la percepción social a los estereotipos; es algo más preciso: no llegamos a una situación social sin ningún conocimiento previo sobre ella.
Cuando el prejuicio se vuelve percepción
Imaginemos dos personas observando exactamente la misma escena: alguien camina rápidamente hacia ellas por una calle poco iluminada. Una interpreta el movimiento como una amenaza. La otra piensa que simplemente tiene prisa. La información visual disponible puede ser muy semejante. Sin embargo, la experiencia subjetiva puede es radicalmente diferente.
- ¿Qué interviene?
- La experiencia anterior.
- El contexto.
- La expectativa.
- El conocimiento.
- El estado emocional.
- La interpretación de la situación.
La neurociencia de la percepción ha encontrado abundante evidencia de que las expectativas y la información previa modulan el procesamiento de los estímulos. Los modelos de procesamiento predictivo, por ejemplo, describen la percepción como una interacción entre información sensorial y conocimientos previos.
El cerebro no "inventa" lo que ve. La información procedente del entorno sigue siendo fundamental. La cuestión es que esa información se interpreta dentro de un sistema que ya posee expectativas.
En el terreno social, esta cuestión adquiere una importancia enorme. Porque un prejuicio no necesita presentarse como una opinión explícita para influir en nuestra relación con los demás. Puede aparecer como una impresión inmediata o sensación. Como un "me da la impresión de que esta persona es...". (por eso resulta tan difícil cuestionarlo).
Lo evidente también tiene una historia
La teoría crítica introduce aquí una pregunta especialmente incómoda: ¿Por qué algunas formas de ver nos parecen naturales?
Una sociedad puede considerar normal que determinadas algunos individuos ocupen ciertos espacios, que algunos cuerpos aparezcan representados de una X manera o que X formas de autoridad sean visualmente reconocibles.
Pero aquello que parece evidente en una época puede resultar extraño en otra. La historia de las ideas demuestra que muchas categorías que hoy utilizamos cotidianamente poseen una historia intelectual, política y cultural. Lo mismo ocurre con las imágenes. La manera de representar al trabajador, al extranjero, a la mujer, al niño, al criminal, al enfermo, al pobre o al poderoso no ha permanecido constante.
Han cambiado los lenguajes visuales, las instituciones que producen imágenes, las relaciones sociales y las categorías mediante las cuales interpretamos lo que vemos. Por eso una mirada crítica no se limita a preguntar qué representa una imagen.
Pregunta también: ¿Qué concepción del mundo hace posible esta representación?
Las imágenes no solamente muestran: producen realidad social
Aquí conviene introducir una distinción fundamental. La representación no necesita ser completamente falsa para tener consecuencias ideológicas. Por ejemplo, una fotografía puede mostrar algo que realmente ocurrió y, al mismo tiempo, ofrecer una interpretación de ese acontecimiento; alguna película representar una sociedad existente y, simultáneamente, seleccionar qué conflictos considera centrales.
La cuestión no reside en distinguir entre verdad y mentira. Existe otra dimensión: ¿Qué realidad consigue hacer visible una representación? Y, por contraste: ¿Qué realidad deja fuera?
La representación participa así en la distribución social de la visibilidad. Algunos acontecimientos reciben miles de imágenes, otros permanecen prácticamente invisibles. Hay rostros que se convierten en símbolos, mientras que otros apenas aparecen. Desde una perspectiva crítica, esta desigual distribución de la visibilidad merece tanta atención como la propia imagen.
El poder de decidir qué merece ser visto
En este punto, la percepción se encuentra con el poder. Quien controla la producción y circulación de imágenes no controla automáticamente lo que los individuos piensan. Pero sí participa en la definición de aquello que aparece como digno de ser observado.
La publicidad selecciona cuerpos. El cine selecciona protagonistas. Los medios seleccionan acontecimientos. Las redes sociales seleccionan contenidos mediante sistemas algorítmicos. Las plataformas digitales ordenan aquello que aparece primero.
La cuestión contemporánea es especialmente compleja porque la producción de imágenes ya no depende únicamente de instituciones culturales tradicionales. Millones de personas producen, comparten y comentan imágenes diariamente. Y, al mismo tiempo, sistemas automatizados intervienen en su distribución.
La mirada contemporánea es, por tanto, simultáneamente humana, tecnológica y económica. Debemos preguntar: ¿Quién decidió que nosotros la viéramos?
Algoritmos y percepción: cuando la selección deja de ser visible
La inteligencia artificial y los sistemas de recomendación introducen una nueva dimensión en el problema de la representación.
Cuando una plataforma selecciona qué fotografías, vídeos o noticias aparecen en nuestra pantalla, no está modificando directamente nuestros órganos sensoriales, está modificando nuestro entorno perceptivo.
Si solo podemos prestar atención a una pequeña extensión de los estímulos disponibles, lo que aparece repetidamente delante de nosotros adquiere una importancia desproporcionada. La investigación sobre atención visual muestra que solo una fracción de los acontecimientos que nos rodean llega a ser percibida, recordada o utilizada para la acción.
En consecuencia, organizar la atención significa también estructurar una parte de la experiencia. El interrogante no consiste en imaginar que un algoritmo determina mecánicamente nuestra visión del mundo. La situación es más sutil, los sistemas digitales participan en la selección del entorno simbólico desde el que construimos interpretaciones.
Y cuanto más personalizado se vuelve ese entorno, más importante resulta preguntarnos si seguimos encontrándonos con un mundo compartido o con versiones progresivamente diferenciadas de él.
Ver lo que queremos ver
Las expectativas nos ayudan a orientarnos, pero también pueden encerrarnos. Si esperamos encontrar lo que ya conocemos, tenderemos a reconocerlo rápidamente. Lo diferente, en cambio, puede requerir mayor esfuerzo interpretativo.
La consecuencia puede ser una especie de círculo: esperamos → seleccionamos → interpretamos → confirmamos nuestras expectativas.
La percepción cotidiana funciona con mucha mayor complejidad que este esquema, por supuesto. Las expectativas también pueden ser corregidas por información inesperada y los sistemas perceptivos son sensibles a errores y discrepancias.
Pero el principio resulta importante para comprender algunos fenómenos culturales contemporáneos. Cuando buscamos exclusivamente información que confirma nuestra visión del mundo, reducimos las posibilidades de encuentro con lo diferente. La mirada se vuelve autorreferencial. No vemos necesariamente más. Sobre todo, visualizamos todo lo que encaja mejor con lo que ya sabemos.
La emancipación empieza por interrumpir la evidencia
Desde una perspectiva crítico-social, aquí encontramos una de las tareas fundamentales del pensamiento. No consiste en negar la experiencia, es interrogarla. Preguntarnos por qué algo nos parece evidente. Por qué determinado rostro nos genera confianza. Por qué asociamos una determinada estética con inteligencia. Por qué ciertas imágenes de pobreza producen compasión mientras otras producen rechazo.
La crítica comienza cuando introducimos una distancia entre «lo veo» y «por tanto, es así». Esa distancia es pequeña, pero resulta fundamental. Entre percepción y juicio existe un espacio donde aparece la posibilidad de pensar.
Aprender a mirar de nuevo
La educación crítica de la mirada no consiste en sustituir una interpretación por otra que consideremos definitivamente correcta. Es más bien desarrollar la capacidad de revisar nuestras propias categorías.
Podemos preguntar:
- ¿Qué estoy dando por supuesto?
- ¿Qué información estoy ignorando?
- ¿Qué experiencia no conozco?
- ¿Qué otras interpretaciones serían posibles?
- ¿Qué representación alternativa modificaría mi comprensión?
- ¿Qué personas están ausentes?
- ¿Qué historia ha producido esta imagen?
Estas preguntas no destruyen la percepción, la hacen más reflexiva. Y quizá esa sea una de las formas más concretas de libertad intelectual: no estar completamente sometidos a la primera interpretación que nuestra propia experiencia produce.
La filosofía de la percepción nos enseña que no existe una mirada completamente pasiva. La psicología muestra que expectativas, atención y conocimiento previo intervienen en el procesamiento perceptivo.
La fenomenología recuerda que percibimos desde un cuerpo situado en el mundo. El psicoanálisis introduce la dimensión del deseo y aquello que no sabemos completamente de nosotros mismos.
La teoría crítica añade una pregunta política: ¿Quién ha participado en la construcción de las categorías mediante las cuales aprendimos a mirar?
Cuando estas perspectivas se encuentran, la percepción deja de ser un asunto exclusivamente individual. Se convierte en una cuestión cultural, política y epistemológica.
Del mundo que vemos al mundo que podemos imaginar
Aparece la última consecuencia de todo nuestro recorrido. Si nuestra relación con la realidad está mediada por formas de percepción y representación que hemos aprendido, entonces transformar la mirada no significa escapar del mundo, es ampliar nuestra relación con él.
Una imagen diferente puede permitirnos reconocer algo que antes no veíamos, una idea filosófica obligarnos a reconsiderar una certeza o una experiencia con la que no contábamos obligarnos a revisar nuestras categorías.
La libertad consiste en adquirir la capacidad de reconocer condicionamientos y abrir espacio para otras posibilidades. Por eso la pregunta que da título a este artículo —¿vemos la realidad o la interpretamos?— no tiene una respuesta que pueda reducirse a una de las dos opciones.
Percibimos una realidad que existe más allá de nosotros, pero la encontramos desde una posición corporal, histórica, lingüística, afectiva y cultural. Interpretamos, pero nuestras interpretaciones pueden ser confrontadas con aquello que resiste a ellas.
Y justamente en esa tensión entre realidad e interpretación, entre lo que vemos y aquello que queda fuera de nuestra mirada, aparece la posibilidad de pensar críticamente.
Vivir entre imágenes: redes sociales, inteligencia artificial y la posibilidad de una mirada crítica
Si durante siglos las imágenes fueron relativamente escasas y estaban vinculadas a instituciones concretas —la pintura, la fotografía, el cine, la prensa, la publicidad—, la situación contemporánea es radicalmente diferente. Hoy vivimos dentro de un entorno visual prácticamente permanente. Miramos pantallas al despertar, recibimos imágenes mientras conversamos, consumimos fotografías y vídeos durante el trabajo y terminamos el día desplazándonos por interminables secuencias de contenidos.
Podemos preguntarnos cómo interpretamos las imágenes que encontramos, pero también cómo se construye el universo de imágenes que llega hasta nosotros.

Esta transformación modifica profundamente el problema de la percepción. La atención humana continúa siendo limitada, pero el volumen de estímulos disponibles ha aumentado extraordinariamente. La investigación contemporánea señala que la percepción y la cognición se desarrollan dentro de contextos espaciales y temporales complejos. Y que esa información que atendemos no puede separarse completamente del entorno en el que se produce la experiencia.
En otras palabras: no solo interpretamos nuestro mundo, también habitamos un mundo previamente organizado para ser visto.
Redes sociales: cuando mirar se convierte en una actividad continua
Las redes sociales han transformado la relación entre percepción, representación y reconocimiento. En ellas contemplamos imágenes producidas por otras personas a la vez que construimos nuestra propia imagen para los demás.
Fotografiamos lo que hacemos, seleccionamos lo que queremos mostrar, descartamos contenido que no consideramos adecuado y observamos las respuestas que obtenemos.
El sujeto se convierte simultáneamente en observador y objeto de observación. Esta dinámica introduce una tensión interesante. La imagen deja de ser exclusivamente una representación de la identidad para convertirse en un instrumento mediante el cual intentamos construirla.
Y no mostramos necesariamente lo que somos. Visibilizamos también lo que queremos ser, eso que buscamos piensen los demás sobre qué somos y todo lo que consideramos digno de reconocimiento.
Desde una perspectiva psicoanalítica, esta cuestión resulta particularmente fértil. El reconocimiento del otro ocupa un lugar fundamental en la constitución de la subjetividad. El sujeto no se relaciona consigo mismo desde una completa autonomía, necesita imágenes, palabras y miradas ajenas para construir una determinada relación con su propia identidad. La cultura digital lleva esta dinámica a una escala inédita, dado que la mirada del otro se vuelve potencialmente permanente.
El yo convertido en imagen
La fotografía contemporánea introduce una particular paradoja. Tenemos más posibilidades que nunca de construir nuestra propia representación, pero también estamos sometidos a una comparación visual constante.
Vemos rostros cuidadosamente seleccionados, cuerpos presentados, viajes especialmente fotografiados y momentos de felicidad cuidadosamente editados. No observamos necesariamente la vida cotidiana de los demás. Asistimos a una representación seleccionada.
La diferencia parece evidente cuando la formulamos de esta manera, pero desaparece fácilmente cuando consumimos cientos de imágenes cada día. La representación comienza entonces a funcionar como una referencia para interpretar nuestra propia existencia:
- ¿Cómo debería ser mi cuerpo?
- ¿Cómo debería ser mi casa?
- ¿Qué experiencias debería tener?
- ¿Cómo debería vestir?
- ¿Qué significa tener éxito?
Las imágenes no necesitan formular estas preguntas verbalmente,su fuerza consiste precisamente en que pueden hacer que determinadas respuestas parezcan evidentes.
Del espectáculo a la personalización
La cultura visual contemporánea añade una diferencia respecto a los medios tradicionales: ya no todos vemos exactamente las mismas imágenes.
Los sistemas digitales seleccionan contenidos en función de múltiples variables como el historial de interacción, preferencias, relaciones sociales, características del contenido y otros criterios propios de cada plataforma.
Esto produce una transformación decisiva. Lo visual deja de ser una cultura de masas y se convierte también en una cultura personalizada. Cada usuario recibe un entorno perceptivo parcialmente diferente. Dos usuarios pueden utilizar la misma plataforma y encontrarse con universos visuales muy distintos.
La consecuencia no es necesariamente que cada persona viva en una realidad completamente aislada. Pero sí significa que las condiciones de exposición a ciertas ideas, acontecimientos e imágenes pueden diferir considerablemente.
La pregunta crítica vuelve a aparecer: ¿Qué estamos dejando de ver mientras miramos aquello que el sistema considera relevante para nosotros?
La inteligencia artificial y el final de la evidencia fotográfica
La inteligencia artificial introduce un cambio todavía más profundo. Durante mucho tiempo, la fotografía mantuvo una relación privilegiada con nuestra idea de realidad. Una fotografía podía ser manipulada, pero su fuerza cultural procedía precisamente de su apariencia de registro: algo había estado delante de una cámara.
Las imágenes generadas mediante inteligencia artificial alteran esta relación. Ahora podemos producir representaciones visualmente convincentes de acontecimientos, personas y lugares que nunca existieron.
La cuestión pasó de ser tecnológica a epistemológica.
¿Qué significa creer en una imagen cuando ya no podemos asumir que lo observado estuvo alguna vez delante de una cámara?
El problema se vuelve especialmente delicado porque el realismo visual no garantiza la correspondencia con un acontecimiento real. Investigaciones recientes sobre imágenes generadas mediante IA muestran, además, que estos sistemas pueden reproducir o introducir sesgos relacionados con la representación de diferentes grupos y contextos.
Por tanto, la inteligencia artificial no elimina el problema de la representación, sino que lo intensifica.
Ver ya no basta. Necesitamos saber de dónde procede una imagen
Durante mucho tiempo, la alfabetización visual consistió fundamentalmente en aprender a interpretar una imagen. Hoy necesitamos añadir otra pregunta: ¿Cómo fue producida?
Una imagen puede ser:
- Fotografía documental.
- Fotografía manipulada.
- Ilustración.
- Recreación digital.
- Imagen generada mediante IA.
- Combinación de elementos reales y artificiales.
- Representación ficticia presentada fuera de contexto.
Visualmente, varias de estas categorías pueden resultar prácticamente indistinguibles. Por eso la alfabetización visual contemporánea debe convertirse también en alfabetización mediática y tecnológica.
Debemos aprender a investigar el origen, contexto, propósito y circulación de todo lo que vemos en la pantalla. La mirada crítica ya no termina en la interpretación, se extiende a la verificación.
La paradoja de la abundancia
Podría pensarse que disponer de más imágenes significa disponer de más información. No necesariamente. La abundancia puede producir también saturación, cuando todo reclama la atención, distinguir lo relevante se vuelve más difícil.
La atención adquiere entonces un valor extraordinario, por eso las plataformas digitales compitan por ella.
Claro, la capacidad de mirar es limitada. No podemos atender simultáneamente a todo lo que aparece ante nosotros. La investigación contemporánea sobre atención confirma que la orientación de la atención modifica el carácter de la experiencia consciente y la organización del contenido que aparece en primer plano y el que permanece en el fondo.
En este sentido, una de las formas de poder más importantes de la sociedad contemporánea consiste en conseguir que algo sea mirado.
Pero también existe otro poder: conseguir que algo deje de ser mirado.
¿Qué significa entonces mirar críticamente?
Mirar críticamente no significa desconfiar de toda imagen. Tampoco consiste en asumir que detrás de cada fotografía existe necesariamente una manipulación oculta. Esta crítica es una disposición intelectual mucho más rigurosa: introducir preguntas allí donde la percepción inmediata parece ofrecer respuestas definitivas.
Ante una imagen podemos preguntar: ¿Qué estoy viendo?
Pero también:
¿Quién la produjo?
¿Para quién?
¿Con qué finalidad?
¿Qué contexto la acompaña?
¿Qué queda fuera del encuadre?
¿Qué emociones intenta despertar?
¿Qué categorías sociales utiliza?
¿Qué presupone sobre las personas representadas?
¿Qué otras imágenes podrían contar esta misma historia de otra manera?
Y, finalmente:
¿Por qué esta imagen ha llegado hasta mí?
Esta última pregunta resulta especialmente relevante en la era de los algoritmos.
Pensar antes de creer
La cultura visual contemporánea exige recuperar una vieja virtud filosófica: la capacidad de suspender temporalmente el juicio. No para permanecer eternamente en la duda, sino para evitar que la primera impresión se convierta inmediatamente en certeza.
El pensamiento crítico comienza precisamente ahí, entre lo que aparece y lo que concluimos existe una distancia. Entre una representación y la realidad representada existe una relación que debe ser examinada. Y entre nuestra primera interpretación y una comprensión más rigurosa existe la posibilidad de aprender.
Esta actitud enlaza directamente con la tradición filosófica que hemos recorrido a lo largo del artículo. Desde la fenomenología, la percepción no aparece como una simple recepción pasiva de datos, sino como nuestra forma situada de encontrarnos con el mundo. Merleau-Ponty, en particular, cuestionó tanto el empirismo como el intelectualismo y situó la experiencia corporal y contextual en el centro del problema perceptivo.
La psicología contemporánea aporta otra dimensión: aquello que sabemos, esperamos y atendemos interviene en nuestra experiencia perceptiva. El psicoanálisis añade la dimensión del deseo y de lo que no controlamos completamente en nuestra propia relación con las imágenes.
Y la teoría crítica nos obliga a preguntar quién produce, organiza y legitima las formas de representación que una sociedad considera normales. Ninguna de estas perspectivas, por separado, resuelve el problema. Juntas permiten formularlo con mayor precisión.
Conclusiones: no vemos simplemente el mundo, aprendemos a verlo
Volvamos finalmente a la pregunta inicial: ¿Vemos la realidad o la interpretamos?
La respuesta más rigurosa exige rechazar tanto la idea de que percibimos una copia objetiva del mundo como la idea contraria de que cada individuo fabrica libremente su propia realidad.
Existe un mundo que no depende de nuestra voluntad. Pero nunca nos encontramos con él desde ninguna parte.
Lo percibimos desde un cuerpo, desde una historia, desde determinados conocimientos, desde un lenguaje y dentro de una cultura. Nuestras expectativas orientan la atención; el contexto contribuye a organizar lo que reconocemos; la experiencia modifica qué aprendemos a identificar. La investigación contemporánea sobre percepción visual confirma precisamente el carácter interactivo entre objetos, escenas y conocimientos previos.
Merleau-Ponty comprendió que el problema no podía resolverse eligiendo entre un sujeto que construye el mundo y un mundo que se imprime pasivamente sobre el sujeto. La percepción es una relación encarnada con todo lo que nos rodea.
El psicoanálisis permite añadir algo decisivo: tampoco somos completamente transparentes para nosotros mismos. Deseamos, tememos y nos identificamos a través de imágenes cuyo significado no siempre controlamos conscientemente.
La teoría crítica incorpora una última pregunta: ¿Quién ha contribuido a construir las categorías con las que aprendimos a mirar?
Porque nuestra mirada tiene historia. Aprendemos qué considerar bello, normal, extraño, deseable, peligroso o importante. Aprendemos qué cuerpos merecen atención, qué acontecimientos parecen relevantes y qué formas de vida aparecen como legítimas.
Por eso educar la mirada no consiste únicamente en aprender a interpretar obras de arte, igualmente significa aprender a interrogar lo que parece evidente.
En una época saturada de imágenes, esta capacidad adquiere una importancia política y cultural extraordinaria. La fotografía, el cine, la publicidad, las redes sociales y la inteligencia artificial no se limitan a ofrecernos representaciones del mundo. Contribuyen a organizar la atención y a establecer qué aparece ante nosotros como visible, relevante o deseable.
Pero esta influencia no implica determinismo, dado que nuestras formas de ver pueden ser examinadas, también pueden transformarse. Podemos descubrir nuestros propios prejuicios, contrastar las interpretaciones, buscar qué ha quedado fuera del encuadre, etc.
Encontremos la dimensión más profundamente emancipadora de la percepción: la libertad no consiste en mirar sin condicionamientos, sino en adquirir la capacidad de reconocerlos y cuestionarlos.
La realidad no desaparece porque la interpretemos. La interpretación tampoco desaparece porque exista una realidad. Entre ambas existe una tensión permanente, es ahí donde comienza el pensamiento.
FAQ: Preguntas frecuentes sobre percepción y representación
¿Vemos la realidad tal como es?
No accedemos a la realidad mediante una percepción completamente neutral. Los sentidos proporcionan información sobre el mundo, pero nuestra experiencia está organizada por el contexto, el cuerpo, la atención, los conocimientos previos y las expectativas. Esto no implica que la realidad sea una construcción arbitraria, significa que nuestro acceso a ella siempre está situado.
¿Qué significa que la percepción es una interpretación?
Que percibir no consiste en recibir pasivamente estímulos aislados. El sistema perceptivo organiza la información y la relaciona con el contexto y con conocimientos anteriores. La investigación sobre percepción visual muestra, por ejemplo, interacciones entre el procesamiento de objetos y escenas.
¿La percepción es subjetiva?
La percepción posee una dimensión subjetiva porque cada individuo percibe desde una historia corporal, biográfica y cultural determinada. Sin embargo, esto no implica que cada uno tenga una realidad completamente diferente. Las interpretaciones pueden contrastarse con el mundo, con otras personas y con conocimientos compartidos.
¿Qué relación existe entre percepción y pensamiento crítico?
El pensamiento crítico introduce una distancia entre lo que aparece inmediatamente y el juicio que construimos sobre ello. Preguntarnos por qué vemos algo de determinada manera, qué estamos dando por supuesto y qué elementos han quedado fuera de nuestra atención permite revisar nuestras propias interpretaciones.
¿Qué relación existe entre percepción y psicoanálisis?
El psicoanálisis permite pensar que nuestra relación con lo visible también está atravesada por el deseo, la identificación, la memoria y procesos que no son completamente conscientes. No siempre sabemos por qué una determinada imagen nos atrae, nos inquieta o nos resulta significativa.
¿Qué aportó Merleau-Ponty al estudio de la percepción?
Merleau-Ponty cuestionó tanto la idea empirista de la percepción como una recepción pasiva de sensaciones como la concepción intelectualista que la reduce a una operación mental. Situó en el centro la experiencia corporal y nuestra relación pre-reflexiva con un mundo ya significativo.
¿Las imágenes pueden influir en la forma de pensar?
Sí. Las imágenes proporcionan marcos de representación que pueden orientar la atención, las asociaciones y la interpretación de acontecimientos y personas. Su influencia no es automática ni idéntica para todos, pero las representaciones participan en la construcción cultural de significados.
¿La inteligencia artificial cambia nuestra relación con las imágenes?
Sí. La IA generativa permite crear representaciones visualmente convincentes de acontecimientos y personas que nunca existieron materialmente. Esto hace más importante distinguir entre apariencia visual, origen de una imagen y realidad representada, además de prestar atención a los posibles sesgos de los sistemas generativos.
¿Qué significa aprender a mirar críticamente?
Significa no aceptar automáticamente la primera interpretación que produce una imagen. Implica preguntarse quién la creó, en qué contexto, qué muestra, qué oculta, qué emociones o categorías moviliza y por qué ha llegado hasta nosotros.
Referencias bibliográficas
Barlow, H. B. (1997). The knowledge used in vision and where it comes from. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 352(1358), 1141–1147.
Merleau-Ponty, M. (1962). Phenomenology of perception (C. Smith, Trans.). Routledge & Kegan Paul. (Trabajo original publicado en 1945).
Peelen, M. V., Berlot, E., & de Lange, F. P. (2024). Predictive processing of scenes and objects. Nature Reviews Psychology, 3, 13–26.
Pascucci, D., & Kristjánsson, Á. (2026). Spatiotemporal routines in visual perception. Nature Reviews Psychology, 5, 420–432.
Summerfield, C., & de Lange, F. P. (2014). Expectation in perceptual decision making: Neural and computational mechanisms. Nature Reviews Neuroscience, 15, 745–756.
Mulvey, L. (1975). Visual pleasure and narrative cinema. Screen, 16(3), 6–18.
Lacan, J. (1978). The four fundamental concepts of psycho-analysis (A. Sheridan, Trans.). Penguin Books. (Seminario original de 1964).
¿Quieres llevar una idea contigo?
Descubre las colecciones de Momento Presente inspiradas en filosofía, arte y pensamiento.



