DE LAS CAVERNAS A LA PANTALLA. HISTORIA DE LAS IMÁGENES QUE CAMBIARON NUESTRA FORMA DE PENSAR

Pinturas rupestres del Paleolítico y primeras formas de representación visual

7 de septiembre del 2026

Introducción

Antes de la pantalla, cuando representar el mundo se convirtió en una forma de habitarlo

Cuando pensamos en la historia de las imágenes solemos imaginar una sucesión ordenada: las primeras pinturas rupestres, las esculturas antiguas, los frescos religiosos, la pintura occidental, la fotografía, el cine, la televisión y, finalmente, las pantallas digitales. Esa secuencia resulta cómoda porque parece describir un progreso tecnológico continuo. Sin embargo, también resulta engañosa.

Las imágenes no evolucionaron simplemente desde formas «primitivas» hacia representaciones cada vez más realistas o sofisticadas. Cambiaron sus funciones sociales, materiales y cognitivas. La pintura en una cueva no cumplía necesariamente la misma tarea que un retrato aristocrático; las imágenes religiosas medievales no obedecían a la misma lógica que una fotografía documental. Y una fotografía de prensa tampoco funciona de la misma manera que un meme producido y compartido en redes sociales.

Por eso, hablar de historia de las imágenes implica algo más que enumerar inventos y estilos. Significa investigar qué sociedades produjeron imágenes, para qué lo hicieron, quién podía contemplarlas, quién tenía autoridad para interpretarlas y qué formas de realidad ayudaron a construir. La imagen es también una tecnología cultural.



Las primeras imágenes no fueron simplemente «dibujos»

Las manifestaciones gráficas del Paleolítico superior constituyen uno de los primeros grandes capítulos de esta historia, aunque conviene abandonar una interpretación demasiado sencilla: nuestros antepasados no se limitaron a «dibujar lo que veían».

Las pinturas y grabados de las cuevas europeas muestran la notable capacidad de observación y dominio técnico que vemos, pero su significado exacto continúa siendo objeto de investigación. Las representaciones de animales, signos geométricos, manos y figuras híbridas aparecen en contextos que no permiten reducirlas a funciones únicas.

La cueva de Chauvet-Pont d'Arc resulta especialmente importante. Las investigaciones cronológicas sitúan dos grandes fases de actividad humana en el lugar, aproximadamente entre hace 37.000 y 33.500 años y entre 31.000 y 28.000 años. El conjunto incluye centenares de imágenes animales, entre ellas mamuts, felinos, rinocerontes y osos.

Estos datos son importantes por una razón que va más allá de la antigüedad. Es decir, durante mucho tiempo se asumió que las primeras imágenes figurativas complejas debían haber surgido de manera gradual, comenzando con formas rudimentarias y alcanzando después mayores niveles de naturalismo. Chauvet complicó esa historia. Las imágenes tempranas muestran una competencia técnica considerable, lo que obliga a reconsiderar la idea de que la capacidad figurativa apareció como una evolución simple desde el garabato hasta la creación realista.

Ahora bien, tampoco debemos sustituir un mito por otro. Decir que las pinturas de Chauvet demuestran la existencia de «arte» exactamente en el sentido moderno resulta igualmente problemático. No conocemos con certeza si sus autores distinguían entre arte, ritual, narración, memoria, práctica social o representación como lo hacemos nosotros.

La categoría «arte» es nuestra en su totalidad. Y la producción gráfica paleolítica pertenece a sociedades cuya organización simbólica solo conocemos parcialmente.

La caverna como espacio de representación

La ubicación de ciertas imágenes también importa. Una pintura paleolítica no estaba necesariamente concebida para ser observada de la misma forma que contemplamos un cuadro en el museo. La arquitectura de la cueva, la oscuridad, la irregularidad de las superficies, la luz de las antorchas y la propia movilidad del observador formaban parte de la experiencia.

En Chauvet, por ejemplo, las representaciones se integran en una estructura espacial compleja. La investigación arqueológica insiste precisamente en la necesidad de estudiar el contexto físico y paisajístico de estos lugares, en lugar de separar las imágenes de los espacios donde fueron realizadas.

Hoy tendemos a pensar la imagen como un objeto delimitado: la fotografía ocupa un rectángulo; un cuadro tiene un marco; la pantalla contiene una superficie visual. En una cueva, la obra podía integrarse con la roca, la profundidad, el sonido, el desplazamiento corporal y las condiciones de iluminación.

La imagen no estaba simplemente sobre una superficie, formaba parte de un espacio.

La imagen y la aparición de lo ausente

Existe una característica fundamental que conecta las imágenes paleolíticas con múltiples formas posteriores de representación: permiten hacer presente algo que no está físicamente allí.

Un animal representado no es el animal real. Así como figura humana no es el individuo representado y la escena de caza no reproduce literalmente el acontecimiento.

Pero la imagen introduce una presencia diferente. Esta capacidad parece elemental para nosotros porque vivimos rodeados de imágenes. Sin embargo, culturalmente constituye una transformación profunda, es decir, la sociedad que representa algo dispone de una herramienta para conservarlo, evocarlo, compartirlo o reorganizarlo.

La imagen establece una relación particular entre presencia y ausencia: El animal desaparece y la figura permanece. La experiencia concreta se transforma en imagen.

Esta operación será fundamental durante toda la historia visual. La encontraremos en las imágenes religiosas, retratos de gobernantes, mapas, fotografía, cine y, de una manera completamente nueva, en los modelos digitales.

No sabemos exactamente qué significaban las pinturas rupestres

Aquí resulta imprescindible introducir una cautela metodológica. La distancia temporal entre nosotros y las sociedades paleolíticas impide reconstruir con seguridad la totalidad de sus sistemas simbólicos. Existen hipótesis relacionadas con rituales, prácticas chamánicas, narrativas, cosmologías, identidad social, enseñanza o memoria colectiva, pero ninguna explicación única cuenta con evidencia suficiente para resolver definitivamente el problema.

La interpretación de las imágenes prehistóricas exige combinar arqueología, antropología, estudios comparativos, análisis espacial y métodos de datación.

Y este límite resulta intelectualmente productivo. Nos recuerda que ver una imagen no equivale a comprenderla.

Como sabemos, la pintura puede sobrevivir miles de años después de que desaparezca el sistema cultural que le daba sentido. Este problema reaparecerá continuamente en la historia de la visualidad.

Del símbolo a la escritura: cuando la imagen empieza a organizar el conocimiento

Uno de los grandes cambios de la historia humana se produjo cuando determinados sistemas gráficos dejaron de limitarse a representar objetos y comenzaron a participar en sistemas de escritura.

La escritura no surgió simplemente como una versión más avanzada del dibujo. Los sistemas cuneiformes mesopotámicos muestran precisamente cómo signos inicialmente relacionados con representaciones concretas fueron adquiriendo funciones lingüísticas y administrativas cada vez más complejas.

Aquí aparece una transformación decisiva: la imagen deja de depender exclusivamente de aquello que se parece a lo representado. Así, el signo escrito puede referirse a un objeto, sonido, palabra, categoría o relación abstracta.

La historia de la escritura demuestra que representar no significa necesariamente parecerse.

Esta distinción resulta fundamental para comprender la evolución posterior de las imágenes. Durante siglos, las culturas desarrollaron sistemas en los que lo visual y lo lingüístico se encontraban profundamente entrelazados. La oposición tajante entre «imagen» y «palabra» es, en buena medida, una construcción posterior.

El poder de hacer visible al gobernante (Egipto y Grecia)

En las primeras sociedades estatales, las imágenes adquirieron una función política extraordinaria. Y es el poder necesitaba hacerse visible.

Los gobernantes no podían estar físicamente presentes en todos los territorios, pero las imágenes sí podían circular. Esculturas, relieves, sellos, monumentos y representaciones ceremoniales ayudaron a construir una presencia política simbólica que excedía la existencia corporal del soberano.

La imagen del gobernante no era simplemente un retrato, hablamos de una tecnología de autoridad.

La imagen podía mostrar al monarca como vencedor, protegido por los dioses, garante del orden o centro del cosmos político. Esta dimensión resulta especialmente importante porque permite cuestionar otra idea habitual, que la imagen política aparece únicamente con la propaganda moderna.

La propaganda visual es muchísimo más antigua. Lo que cambia con el tiempo son sus medios, escala y mecanismos de circulación.

Egipto: representar también era preservar

El Egipto antiguo proporciona un ejemplo particularmente claro de la relación entre imagen, poder, religión y memoria. Las representaciones de faraones, divinidades, ceremonias y escenas funerarias no deben analizarse desde los criterios estéticos actuales. Formaban parte de una concepción muy determinada de la existencia, la muerte y la continuidad del orden.

La imagen funeraria no era solo un recuerdo. Participaba en un sistema cultural donde representación, ritual y permanencia estaban estrechamente vinculados. Aquí llega una idea que reaparecerá muchos siglos después: representar equivale, en ciertas culturas, a conservar una forma de presencia.

El retrato recuerda al ausente, a la vez que afirma que ausencia no significa desaparición completa.

Grecia y el problema de la semejanza

La cultura griega introdujo transformaciones decisivas en toda esta historia occidental de la imagen, aunque también aquí conviene evitar la simplificación habitual según la cual Grecia habría «inventado el realismo».

La tradición griega desarrolló formas extraordinariamente sofisticadas de mostrar el cuerpo, movimiento, proporción y espacio. Pero el realismo no constituye una categoría neutral. Lo que X cultura considera una imagen convincente depende de sus propias convenciones visuales. La semejanza nunca es completamente natural, necesita códigos.

Un cuerpo representado como idealizado no es menos construido que uno deformado deliberadamente. Ambos responden a decisiones culturales sobre qué merece ser mostrado y cómo debe ser visto.

La tradición occidental posterior convirtió ciertos modelos clásicos en referencia normativa y construyó alrededor de ellos una historia del arte basada en la idea de progreso técnico. Esa narración fue cuestionada durante el siglo XX por la historia social del arte, la antropología y los estudios visuales.

La cuestión dejó de ser: «¿Qué tan fiel es esta imagen?»

Y comenzó a incluir otra pregunta: «¿Qué idea de realidad produce esta forma de representación?»

Platón y la desconfianza hacia las imágenes

Resulta imposible comprender esta tradición occidental sin considerar la antigua sospecha filosófica hacia las imágenes.

En La República, Platón presenta la imitación artística dentro de alguna jerarquía problemática respecto de la verdad. La famosa alegoría de la caverna, aunque no constituye una teoría sobre historia del arte, utiliza precisamente imágenes, sombras y apariencias para pensar la relación entre percepción y conocimiento.

La paradoja es fascinante. Una de las críticas filosóficas más influyentes a las imágenes fue formulada mediante una poderosa construcción imaginaria.

La tradición platónica dejó una tensión que continuará durante siglos: la imagen como instrumento de conocimiento y la imagen como fuente de engaño.

Esta tensión no ha desaparecido. La encontramos actualmente en los debates sobre fotografía, propaganda, realidad virtual, redes sociales e inteligencia artificial generativa.

La caverna de Platón no es historia sobre «imágenes falsas»

Existe un error frecuente en la divulgación contemporánea, se trata de interpretar la alegoría de la caverna como si Platón hubiera afirmado que «las imágenes engañan».

Pero la cuestión es más compleja. La caverna organiza un problema epistemológico: la diferencia entre apariencia, conocimiento y verdad. Las sombras no son únicamente imágenes falsas, representan una X relación del sujeto con aquello que considera real.

La alegoría sigue siendo relevante porque anticipa una cuestión que atraviesa toda la cultura visual: ¿Qué ocurre cuando confundimos una representación con lo que representa?

La pregunta adquiere una dimensión nueva en la época de la fotografía y otra todavía más radical con las imágenes generadas algorítmicamente.

La perspectiva, la imprenta y el nacimiento de una nueva mirada

Si las primeras imágenes establecieron una relación entre imagen, memoria y presencia, el Renacimiento introdujo transformaciones decisivas: la proyección del espacio empezó a organizarse mediante procedimientos geométricos que ofrecían al observador una posición frente a aquello que contemplaba.

Perspectiva lineal renacentista y construcción geométrica del espacio

No se trató simplemente de conseguir pinturas «más realistas». La perspectiva lineal modificó la relación entre espacio, observador e imagen. El cuadro comenzó a funcionar como especie de ventana desde la cual un sujeto situado en un punto concreto contemplaba al mundo ordenado matemáticamente.

Esta transformación suele narrarse como conquista del realismo. Pero la perspectiva no reproduce la realidad tal como es, construye una forma de hacerla visible.

La perspectiva no descubrió el espacio: lo organizó

Leon Battista Alberti formuló en De pictura (1435) una teoría de la pintura basada en una concepción geométrica de la representación. Su modelo de la pintura como ventana contribuyó a consolidar la nueva relación entre superficie pictórica, profundidad y posición del observador.

La perspectiva lineal establece correspondencias entre espacio tridimensional imaginado y superficie bidimensional. Las líneas paralelas que se alejan del espectador convergen hacia puntos de fuga; los objetos disminuyen proporcionalmente con la distancia; el espacio pictórico adquiere estructura coherente respecto de una posición.

El cuadro no solo muestra un espacio, decide desde dónde debe ser visto.

Los estudios históricos sobre la perspectiva renacentista han mostrado que su desarrollo estuvo ligado a problemas matemáticos, arquitectónicos, ópticos y artísticos. Y que la historia del procedimiento fue más compleja de lo que sugiere cualquier idea sobre algún único descubrimiento.

Brunelleschi ocupa un lugar central en esta historia, aunque las relaciones entre sus experimentos, la práctica pictórica y la posterior sistematización teórica de Alberti continúan siendo objeto de discusión académica. Las demostraciones atribuidas a Alberti en la década de 1430 muestran precisamente hasta qué punto pintura, espejos, ilusión óptica y experimentación visual estaban relacionados en el nacimiento de la perspectiva renacentista.

El espectador entra en la imagen

La perspectiva implica una operación cultural de enorme alcance: introduce al espectador como una posición estructural dentro de la representación.

Una pintura perspectívica no ofrece simplemente «el espacio», también el espacio desde X punto de vista.

Esto permite establecer conexión directa con una de las cuestiones desarrolladas anteriormente en El Observatorio: la mirada nunca es completamente neutral. Toda imagen selecciona, ordena y excluye.

La perspectiva renacentista hace esta operación especialmente visible porque convierte la posición del observador en condición matemática de la imagen. El espectador parece contemplar un mundo autónomo, pero dicho mundo ha sido construido para él.

La ilusión de una realidad objetiva

Aquí aparece una paradoja fundamental. Cuanto más eficaz resulta una técnica de representación, más fácil resulta olvidar que se trata precisamente de técnica.

La perspectiva produce una poderosa ilusión de objetividad porque organiza el espacio de acuerdo con reglas relativamente estables. Sin embargo, la imagen sigue siendo una construcción. No vemos «el mundo tal como es». Estamos ante una composición organizada desde X posición.

Esta distinción adquiere enorme importancia siglos después con la fotografía. La cámara heredará buena parte de la lógica perspectívica y reforzará todavía más la impresión de que la imagen mecánicamente producida equivale a un registro neutral de la realidad. La historia de la fotografía demostrará que tampoco es así.

La perspectiva como tecnología cultural

La perspectiva también modificó la relación entre arte y conocimiento. El espacio comenzó a ser representado mediante procedimientos que podían enseñarse, calcularse y reproducirse.

Esto contribuyó a estrechar las relaciones entre artistas, arquitectos, matemáticos e investigadores de la óptica. La representación visual dejó de ser exclusivamente una cuestión de habilidad manual y pasó a incorporar esa dimensión explícitamente teórica.

El artista no solo necesitaba saber representar, también busca comprender cómo se organiza aquello que representa. Esta transformación es uno de los antecedentes importantes de la cultura científica moderna. La imagen empezó a convertirse en un instrumento de conocimiento.

Mapas: representar un territorio es construirlo de otra manera

La cartografía permite observar con claridad este proceso. El mapa no es una fotografía de la Tierra. Selecciona información, elimina elementos, establece escalas, define fronteras, determina orientaciones y asigna nombres.

Dos mapas del mismo territorio pueden construir representaciones completamente diferentes porque responden a finalidades distintas. Y un mapa militar no organiza la información como uno turístico. De la misma forma, el mapa colonial no utiliza necesariamente las mismas categorías que uno producido por las poblaciones que habitan el territorio. El mapa económico privilegia recursos y flujos que apenas aparecen en un mapa físico.

La cartografía demuestra que una imagen puede ser extraordinariamente precisa y, al mismo tiempo, profundamente selectiva.

Precisión no significa neutralidad. Esta distinción será fundamental cuando la cultura visual pase de representar espacios a clasificar poblaciones, cuerpos y comportamientos.

La imprenta: cuando las imágenes empiezan a circular a otra escala

Si la perspectiva modificó la construcción del espacio visual, la imprenta transformó radicalmente la circulación de imágenes y textos.

La imprenta de tipos móviles desarrollada por Johannes Gutenberg en Europa durante el siglo XV no inventó la reproducción gráfica. Existían tradiciones anteriores de impresión mediante bloques de madera, especialmente en Asia. Tampoco fue el único factor responsable de la expansión de la cultura impresa europea.

Su importancia reside en haber contribuido a una transformación profunda de la escala, velocidad y estabilidad de la reproducción textual y visual.

La imagen dejó progresivamente de depender de un único original contemplado en un lugar determinado. Ahora podía reproducirse. Y lo que puede reproducirse adquiere una capacidad de circulación radicalmente diferente.

Imprenta histórica y reproducción de imágenes durante el Renacimiento

La reproducción cambia el estatuto de la imagen

La pintura medieval estaba vinculada a un espacio concreto: una iglesia, un palacio, una capilla. Pero la imagen impresa podía viajar, ser vendida, coleccionada, estudiada, copiada, modificada y distribuida. La reproducción produjo así nuevas comunidades visuales.

Como sabemos, alguien puede contemplar la imagen religiosa sin haber visitado el lugar donde se encontraba el original; el científico estudiar una ilustración de una planta sin tenerla físicamente delante y el lector comparar representaciones procedentes de diferentes lugares.

Durero y la estandarización de la mirada

Albrecht Dürer ofrece un caso particularmente interesante. Sus grabados circularon ampliamente por Europa y contribuyeron a difundir imágenes, modelos iconográficos y procedimientos técnicos.

El grabado introdujo una característica decisiva: la misma composición podía llegar a públicos muy alejados entre sí. La imagen ya no dependía exclusivamente de su presencia física, se convertía en información reproducible.

Esta lógica anticipa, con enormes diferencias tecnológicas, el funcionamiento contemporáneo de la imagen digital. Una fotografía publicada en una red social puede ser copiada, descargada, reenviada y transformada miles de veces.

La diferencia fundamental no consiste entonces en que antes las imágenes fueran únicas y ahora sean reproducibles. La reproducción existe desde hace siglos.

Lo que cambia radicalmente en la era digital es la velocidad, escala y automatización de esa reproducción.

La Reforma y la guerra de las imágenes

La expansión de la cultura impresa también modificó las luchas religiosas y políticas. Durante la Reforma protestante, imágenes, panfletos, grabados y textos se convirtieron en instrumentos fundamentales de controversia.

La batalla no se desarrollaba únicamente mediante argumentos teológicos. También se libraba mediante representaciones.

Las imágenes permitían condensar acusaciones complejas en escenas fácilmente reconocibles. La caricatura y la sátira religiosa contribuyeron a construir simbolizaciones del enemigo. Aquí aparece otra característica permanente de la cultura visual: la imagen simplifica para movilizar.

Una imagen política eficaz no necesita reproducir toda la complejidad de su objeto, de hecho, selecciona algunos rasgos que permitan reconocerlo rápidamente. La propaganda moderna perfeccionará esta operación.

El poder de la imagen reproducida

Una imagen reproducida adquiere además dimensión política diferente porque participa en una comunidad de reconocimiento. Si miles de personas reciben la misma imagen, esa imagen comienza a funcionar como referencia compartida

La sociedad puede reconocerse en determinados símbolos porque los ha visto repetidamente. La bandera, el retrato del dirigente, el emblema religioso, la figura del enemigo o la presentación de la nación funcionan en parte gracias a esa repetición.

La identidad colectiva necesita imágenes porque éstas permiten condensar algo abstracto en una forma perceptible.

Una nación es una construcción política y bandera la hace visible.

Imágenes religiosas y disputa por la representación

La Reforma también puso de manifiesto que las imágenes no eran objetos culturales inocentes. Su utilización, rechazo o destrucción implicaba posiciones teológicas y políticas.

La iconoclasia no consistía simplemente en «odiar el arte». En diversos contextos, la destrucción de imágenes constituía una disputa sobre qué podía representar lo sagrado y qué autoridad poseían esas representaciones.

La pregunta era profundamente filosófica: ¿Una imagen representa lo que está ausente o pretende hacerlo presente?

La respuesta tenía consecuencias religiosas concretas. Si la imagen era considerada un medio legítimo de relación con lo sagrado, destruirla constituía un acto radical. Si se consideraba una sustitución ilegítima de aquello que no debía representarse, destruirla podía convertirse en una defensa doctrinal.

La historia de las imágenes está llena de estas tensiones, en ocasiones sangrientas.

La imagen científica: ver lo que nadie había visto

Durante los siglos XVI y XVII la cultura visual experimentó otra transformación decisiva. La ciencia moderno comenzó a depender cada vez más de instrumentos que ampliaban las capacidades perceptivas.

El telescopio permitía observar cuerpos celestes que el ojo desnudo no podía distinguir con el mismo detalle. El microscopio revelaba estructuras invisibles a simple vista. Los diagramas y las ilustraciones científicas permitían fijar y comunicar observaciones, etc.

La imagen dejó de limitarse a representar objetos conocidos. Comenzó a hacer visibles fenómenos que sin instrumentos no podían ser vistos de esa manera.

El microscopio y la fabricación de nuevos objetos de conocimiento

Robert Hooke publicó en 1665 Micrographia, una obra extraordinaria por la combinación de observación microscópica, descripción textual e ilustración.

Sus imágenes de insectos, plantas y estructuras microscópicas tuvieron un impacto cultural considerable porque ofrecían a los lectores acceso visual a un mundo que hasta entonces permanecía fuera de su experiencia cotidiana.

El instrumento transformaba lo que podía considerarse objeto de conocimiento. Una estructura microscópica necesitaba ser observada, registrada, dibujada y comunicada. Así, la ilustración científica cumplía entonces una función epistemológica.

La ciencia tampoco mira sin mediaciones

Sería un error, sin embargo, concluir que la ciencia descubrió finalmente una visión objetiva y sin filtros. Cualquier imagen científica depende del instrumento, escala, selección, encuadre, técnica de registro y convenciones de representación.

Un diagrama anatómico simplifica, el mapa meteorológico codifica, la fotografía microscópica selecciona determinadas propiedades y gráfico estadístico convierte cantidades abstractas en relaciones visuales.

En todos estos casos, la composición organiza el conocimiento. Esto no significa que las imágenes científicas sean arbitrarias. Pero sí que su objetividad depende precisamente de procedimientos, instrumentos y convenciones que permiten hacer explícita la relación entre imagen y fenómeno.

La objetividad científica no consiste en eliminar toda mediación, es controlar, documentar y hacer discutibles esas mediaciones.

El nacimiento de la cultura visual moderna

Entre el Renacimiento y la Ilustración se consolidó así una transformación profunda.

Las imágenes comenzaron a participar simultáneamente en:

  • Representación artística.
  • Conocimiento científico.
  • Cartografía.
  • Educación.
  • Religión.
  • Propaganda.
  • Comercio.
  • Construcción de identidades.

La sociedad europea desarrolló una creciente confianza en la capacidad de las imágenes para organizar información. Pero cuanto más eficaz era una imagen para transmitir conocimiento, más autoridad adquiría.

Y cuanto mayor era dicha autoridad, mayor era también su capacidad para producir una versión definida de la realidad.

La clasificación visual: cuando mirar significa ordenar

Durante la modernidad, representar y clasificar comenzaron a estar estrechamente vinculados. La historia natural constituye un ejemplo evidente.

Las especies fueron dibujadas, catalogadas y ordenadas. Las colecciones científicas desarrollaron sistemas de clasificación que dependían tanto de la observación como de nuevas categorías conceptuales.

El mundo empezó a aparecer como algo susceptible de ser organizado visualmente. Esta lógica se extendería después al cuerpo humano, las poblaciones, los territorios y las conductas. La imagen adquiriría entonces una dimensión más ambigua: muestra y clasifica (es decir, establece diferencias).

El rostro entra en la historia de la clasificación

El rostro constituye uno de los mejores ejemplos de esta transformación. Durante siglos había sido objeto de retratos, caricaturas y representaciones religiosas. Pero la modernidad desarrolló nuevos sistemas para convertir el rostro en información.

La fisiognomía pretendió deducir rasgos morales o psicológicos a partir de características físicas. Aunque muchas de sus afirmaciones carecen de validez científica, la influencia cultural fue considerable.

Posteriormente, la fotografía se incorporaría a sistemas de identificación policial y administrativa. La imagen del rostro dejaría de ser solamente un retrato, se convertiría también en un instrumento de identificación.

Esta transformación anticipa uno de los grandes problemas contemporáneos de la visión artificial ocurre cuando una representación visual se convierte en un dato utilizado para clasificar personas. La historia de la imagen conduce así directamente hacia debates actuales sobre reconocimiento facial, vigilancia algorítmica y privacidad.

La mirada no solo contempla: también administra

Este recorrido permite introducir una idea fundamental para el resto del artículo. Las sociedades modernas no utilizan imágenes únicamente para contemplar, las utilizan para administrar información.

  • Mapas para gobernar territorios.
  • Retratos para identificar individuos.
  • Diagramas para organizar conocimientos.
  • Fotografías para documentar acontecimientos.
  • Imágenes médicas para diagnosticar.
  • Gráficos para gestionar poblaciones.

La visualidad moderna está profundamente vinculada a las instituciones. El Estado, la ciencia, la policía, la medicina, la prensa y posteriormente las empresas tecnológicas desarrollaron sistemas para producir y almacenar imágenes.

La historia de la imagen se convierte progresivamente en historia de la infraestructura de la mirada.

La fotografía: cuando la imagen adquiere apariencia de evidencia

La fotografía modificó de manera radical la relación entre representación y realidad. Por primera vez, una tecnología permitió producir imágenes mediante procesos físico-químicos relativamente automatizados, sin que el dibujo manual constituyera el mecanismo principal de inscripción. La consecuencia cultural fue enorme.

La fotografía adquirió una autoridad particular, dado que parecía ofrecer algo que las técnicas anteriores no podían ofrecer de la misma manera: una huella producida por el propio contacto físico con lo que había sido fotografiado.

Pero aquí conviene introducir una distinción fundamental. La fotografía es una huella física de una interacción con la luz. No es por ello una descripción neutral de la realidad.

Daguerre, Talbot y una nueva economía visual

El desarrollo de la fotografía durante las décadas de 1830 y 1840 tuvo varios protagonistas y procedimientos. Louis Daguerre presentó públicamente el daguerrotipo en Francia en 1839, mientras William Henry Fox Talbot desarrolló procesos negativos que permitían producir múltiples copias.

Primeras cámaras fotográficas y nacimiento de la fotografía moderna

Estas diferencias técnicas tuvieron consecuencias culturales. El daguerrotipo proporcionaba una imagen extraordinariamente detallada, pero el proceso estaba vinculado a una placa única. El sistema negativo-positivo de Talbot facilitaba la reproducción.

La historia de la fotografía estuvo ligada desde el principio a dos problemas que continúan siendo centrales: cómo producir una imagen y cómo hacerla circular.

La fotografía como huella

Roland Barthes, Susan Sontag y numerosos historiadores de la fotografía insistieron desde perspectivas diferentes en la relación entre fotografía, realidad, memoria y muerte.

La fotografía posee cierta característica peculiar: afirma que lo que vemos estuvo, en algún momento, frente a un dispositivo fotográfico. Pero ese vínculo no garantiza la verdad del significado.

Por ejemplo, la fotografía de una multitud demuestra que hubo cuerpos delante de la cámara. No demuestra por sí misma qué estaba ocurriendo. Como sabemos bien, el encuadre selecciona, el fotógrafo decide cuándo disparar, en publicación se selecciona una imagen entre muchas. El pie de foto orienta la interpretación. El medio determina dónde aparece y en archivo se decide qué permanece disponible.

La fotografía posee una relación física con la realidad, pero su significación es culturalmente construida.

El encuadre crea un mundo

Toda fotografía tiene un fuera de campo. Esto parece evidente, pero sus consecuencias son profundas. El fotógrafo decide qué queda dentro del marco y qué desaparece. La fotografía no necesita mentir para producir una representación sesgada, le basta con seleccionar. Esta distinción será esencial para comprender la propaganda visual contemporánea.

Fotografía y colonialismo

La historia de la fotografía tampoco puede separarse de la historia del colonialismo. Las cámaras acompañaron expediciones científicas, administraciones coloniales y proyectos de clasificación racial y antropológica. Los sujetos fotografiados fueron frecuentemente representados desde categorías producidas por instituciones europeas.

Esto demuestra que la fotografía nunca estuvo al margen de las relaciones de poder.

No basta con preguntar: «¿Qué muestra esta fotografía?»

También necesitamos preguntar:

«¿Quién tuvo el poder de fotografiar?»

«¿Quién decidió qué debía registrarse?»

«¿Para qué institución se produjo la imagen?»

«¿Cómo fue interpretada posteriormente?»

La misma fotografía adquiere significados diferentes cuando cambia el contexto institucional que la acompaña.

La fotografía y la identidad moderna

El retrato fotográfico democratizó progresivamente la posibilidad de conservar una imagen del propio rostro. Por ejemplo, la fotografía familiar convirtió la memoria doméstica en un archivo visual. Los álbumes familiares comenzaron a reunir generaciones.

El individuo moderno adquirió una relación nueva con su propia representación, ya no necesitaba esperar a que un pintor realizara su retrato, produce múltiples imágenes de sí mismo. Este proceso anticipa la transformación contemporánea del sujeto en productor permanente de imágenes personales.

El selfie no aparece de la nada, tiene una larga genealogía. Lo verdaderamente nuevo es la escala y la circulación inmediata.

De la fotografía al archivo

La fotografía convirtió acontecimientos efímeros en objetos almacenables. Una persona podía morir y continuar apareciendo en fotografías, el edificio desaparecer y sobrevivir visualmente, la guerra ser documentada, etc.

La memoria comenzó a adquirir una dimensión mecánica. Pero aquí surge otra paradoja. Cuantas más imágenes conserva la sociedad, mayor es también el riesgo de confundir memoria con archivo.

El cine: cuando las imágenes empiezan a moverse

La fotografía fija aislaba un instante. El cine introdujo una transformación adicional: la imagen comenzó a organizarse en una secuencia temporal.

El movimiento cinematográfico no consiste en proyectar fotografías rápidamente. El montaje introduce relaciones entre planos y convierte la sucesión de imágenes en una estructura narrativa.

Historia del cine y transformación de la imagen fija en imagen en movimiento

Aquí aparece una de las mayores revoluciones de la cultura visual moderna: la imagen ya no solo muestra algo, también decide qué imagen debe aparecer después. La continuidad se construye. El espectador no recibe acontecimientos independientes, hasta él llega organización temporal de acontecimientos.

El montaje piensa

Sergei Eisenstein comprendió tempranamente que el montaje podía producir ideas mediante la relación entre imágenes. El plano aislado posee un significado, colocado después de otro adquiere uno nuevo.

El cine demostró que las imágenes no necesitan contener todo su significado dentro de sí mismas. Parte del sentido surge de su relación. Esta idea conecta directamente con lo que hemos estudiado sobre símbolos literarios

Una imagen adquiere significado por posición, repetición, contraste y contexto. El montaje cinematográfico convirtió estos principios en una técnica explícita.

Eisenstein y el montaje intelectual

El llamado montaje intelectual buscaba producir conceptos mediante la confrontación de imágenes. No era necesario mostrar la idea abstracta de manera literal, podía construirse mediante relaciones.

  • Rostro.
  • Multitud.
  • Estatua.
  • Máquina.

El espectador establece conexiones. El cine, en este sentido, no solo reproduce movimiento. Construye pensamiento visual. Esta capacidad explica parte de su extraordinaria influencia política durante el siglo XX.

Propaganda y masas. La TV

El cine amplió enormemente la capacidad de producir experiencias colectivas. Los regímenes políticos comprendieron rápidamente su potencia. La propaganda cinematográfica podía construir líderes, enemigos, héroes, amenazas y futuros deseables.

Leni Riefenstahl constituye uno de los ejemplos más discutidos. Su cine político demuestra hasta qué punto una sofisticación estética extraordinaria puede ponerse al servicio de un proyecto autoritario.

Esto obliga a separar dos cuestiones que suelen confundirse: calidad formal y valor político no son equivalentes.

Una imagen puede ser técnicamente brillante y políticamente manipuladora. Belleza no garantiza la verdad. Sofisticación estética tampoco garantiza posición ética.

La televisión: la realidad entra en casa

La televisión modificó otra variable: la distancia entre acontecimiento y espectador. La imagen ya no necesitaba esperar a la proyección cinematográfica o a la compra de un periódico, aparece diariamente en el espacio doméstico.

La política entró en los hogares mediante imágenes. Las guerras comenzaron a ser experimentadas parcialmente como acontecimientos televisivos. Las elecciones adquirieron una dimensión visual. Los líderes políticos aprendieron a controlar iluminación, escenario, vestimenta, gestos y encuadre.

La comunicación política se transformó profundamente. El discurso ya no dependía de lo que se decía, dependía también de cómo aparecía quien lo decía.

De la pantalla televisiva a la imagen digital: cuando todos somos productores y distribuidores

La transición hacia la imagen digital modificó radicalmente la infraestructura visual. La fotografía había permitido producir imágenes mediante una huella físico-química. La televisión permitió distribuir imágenes electrónicamente. La digitalización transformó la imagen en información numérica procesable.

Esto tuvo consecuencias enormes. La imagen digital no solo se contempla. Se copia, comprime, analiza, modifica, clasifica, almacena y distribuye mediante sistemas computacionales.

La imagen se convirtió progresivamente en dato.

La pantalla no es simplemente una superficie

La pantalla contemporánea parece continuar la historia de la pintura, la fotografía y la televisión. Pero existe una diferencia fundamental: la pantalla digital es interactiva. No muestra necesariamente una imagen fija, responde a acciones, actualiza contenidos, selecciona información y personaliza resultados.

La pantalla se convierte en una interfaz. El usuario hace clic, desliza, escribe, comparte, amplía, transforma y produce. La relación entre sujeto e imagen cambia.

La imagen viral

La fotografía publicada en una red social puede alcanzar millones de personas en cuestión de horas. Pero la viralidad introduce una nueva lógica. No necesariamente triunfa la imagen más precisa.

Con frecuencia se hace viral esa foto que produce mayor respuesta emocional, reconocimiento inmediato o capacidad de circulación.

La economía de la atención premia determinadas características: sorpresa, indignación, humor, identificación, miedo o conflicto. Aquí aparece una transformación profunda de la cultura visual: la imagen empieza a competir no solo por ser vista, sino por provocar una reacción medible.

Evolución de la cultura visual desde la fotografía hasta las pantallas digitales

Los sistemas digitales registran esa reacción. Las plataformas saben qué imágenes reciben atención, cuáles se comparten y cuáles generan interacción. La imagen entra así en una economía algorítmica.

Warburg y la memoria de las imágenes

El pensamiento de Warburg permite introducir una idea central: las imágenes tienen memoria. No memoria en un sentido psicológico literal, sino capacidad de conservar y reactivar formas culturales.

Atlas Mnemosyne de Aby Warburg y relaciones entre imágenes y memoria cultural

Un gesto corporal representado en la Antigüedad puede reaparecer siglos después en una pintura renacentista. La postura religiosa se convierte posteriormente en gesto político. La figura heroica reaparece en la propaganda contemporánea.

Warburg llamó la atención sobre estas supervivencias culturales. Su Atlas Mnemosyne intentó hacer visibles esas relaciones mediante montaje. Los estudios contemporáneos lo consideran un antecedente importante de la historia de la cultura visual precisamente porque desplazó la atención desde las obras aisladas hacia las relaciones entre imágenes.

Esta perspectiva es especialmente útil para comprender internet. La imagen digital rara vez existe sola, está rodeada de otras imágenes y el significado depende de la secuencia en la que aparece.

La imagen como algoritmo

La digitalización introduce algo que las épocas anteriores no poseían: las imágenes pueden ser procesadas automáticamente por máquinas.

Los modelos de análisis de datos pueden detectar patrones visuales, clasificar objetos, reconocer rostros, generar etiquetas, recomendar contenidos y producir imágenes nuevas. Esto cambia el estatuto de la imagen.

Durante gran parte de la historia, la pregunta fundamental era:

¿Qué significa esta imagen para nosotros?

Ahora aparece otra:

¿Qué información extrae una máquina de esta imagen?

Y después una tercera:

¿Qué decisiones toma a partir de ella?

De la imagen como objeto a la imagen como infraestructura

Esta es quizá la transformación más importante de la cultura visual contemporánea. Durante gran parte de la historia, la imagen era fundamentalmente un objeto o una representación. Ahora también es infraestructura.

Las imágenes alimentan sistemas de vigilancia, publicidad personalizada, plataformas digitales, diagnóstico médico, cartografía automática, reconocimiento facial y modelos de inteligencia artificial. La imagen no solo comunica, participa en decisiones.

Esto cambia radicalmente el problema ético, ya que la imagen artística puede ser discutida. Pero clasificación automatizada también debe serlo, sus consecuencias pueden afectar directamente a los “usuarios”.

La historia de la representación conduce así a la cuestión del poder algorítmico.

El reconocimiento facial y el regreso del rostro como dato

La historia del rostro resulta especialmente reveladora. Durante siglos, el retrato conservó la identidad de una persona. Con la fotografía, el rostro empezó a utilizarse como instrumento de identificación.

En la digitalización, se convirtió en una estructura matemática susceptible de comparación automatizada.

El reconocimiento facial representa la culminación provisional de ese proceso. Pero también revela un límite importante: identificar cualquier rostro no equivale a comprender. La máquina no accede a la subjetividad.

Este punto conecta directamente con los debates contemporáneos sobre visión artificial: reconocer una configuración visual, clasificarla y asignarle una etiqueta son operaciones diferentes de comprender su significado humano.

La imagen y el problema de la verdad

La inteligencia artificial generativa ha introducido una nueva crisis de confianza visual. Durante mucho tiempo, la fotografía funcionó culturalmente como evidencia. Ahora una imagen fotorrealista podría ser completamente sintética.

Esto no significa que la fotografía haya dejado de ser útil como evidencia, pero sí que su autoridad ya no puede descansar únicamente en la apariencia visual. Necesitamos procedencia, contexto, metadatos, fuentes y sistemas de verificación.

La cultura visual entra así en una situación paradójica:

Cuanto más realistas son nuestras imágenes, menos suficiente resulta el realismo para demostrar su autenticidad.

La historia de las imágenes no es una historia de sustituciones

Llegados al final, conviene rechazar otra narración demasiado cómoda. La fotografía no eliminó la pintura, así como el cine no eliminó el teatro.

Y la televisión no eliminó el cine. Tampoco Internet eliminó el libro. La inteligencia artificial tampoco eliminará necesariamente la fotografía, el dibujo o la pintura.

Las tecnologías se superponen. Cada nuevo medio modifica las condiciones de uso de los anteriores.

La fotografía incluso transformó la pintura al liberar al pintor de múltiples obligaciones de presentación mimética. El cine heredó elementos de la fotografía y del teatro. La televisión incorporó lenguajes cinematográficos. Las redes sociales utilizan fotografía, cine, ilustración y texto simultáneamente.

De las cavernas a las pantallas: una historia de nuestra necesidad de representar

Quizá la continuidad más importante de toda esta historia no sea tecnológica, sino antropológica.

Los seres humanos seguimos necesitando producir imágenes porque demandamos hacer visible lo que no está presente, conservar eso que desaparece, imaginar algo que todavía no existe, comunicar lo que resulta difícil expresar mediante palabras y organizar colectivamente nuestra experiencia.

La diferencia es que cada época desarrolla herramientas diferentes para hacerlo. La cueva convirtió la superficie rocosa en espacio simbólico, el templo convirtió la imagen en presencia religiosa, el retrato convirtió el rostro en memoria, etc.

La inteligencia artificial está convirtiendo parte de esa información en material susceptible de ser generado, interpretado y transformado por sistemas computacionales.

La historia de las imágenes nunca ha consistido en aprender a representar mejor, fue aprender a pensar mediante representaciones. Y cada vez que una sociedad modifica sus imágenes, modifica también una parte de las categorías con las que comprende el mundo.

Conclusión. La historia de las imágenes es también la historia de nuestras formas de pensar

Desde las cavernas paleolíticas hasta las interfaces digitales, las imágenes han acompañado las grandes transformaciones culturales porque permiten hacer algo que el lenguaje conceptual no siempre consigue: condensar experiencias, organizar relaciones y convertir abstracciones en formas perceptibles.

De las pinturas rupestres a la inteligencia artificial: evolución histórica de las imágenes

Pero la historia demuestra que una imagen nunca es simplemente una ventana transparente hacia la realidad.

La perspectiva renacentista organizó el espacio desde X posición. La cartografía seleccionó territorios y fronteras. La ilustración científica convirtió fenómenos en objetos visualmente analizables. La fotografía produjo una relación poderosa entre imagen y evidencia. El cine organizó el significado mediante montaje. La televisión transformó acontecimientos en experiencias mediáticas. Las plataformas digitales convirtieron imágenes en datos capaces de circular y ser procesados algorítmicamente.

En cada etapa apareció una nueva promesa de acceso directo a lo real. Y en cada etapa esa promesa terminó mostrando sus límites.

La historia de las imágenes, por tanto, es historia sobre formas de mirar, clasificar, recordar, persuadir y conocer.

Por eso la pregunta más interesante no consiste en saber cuál será la próxima tecnología visual. Consiste en preguntarnos qué tipo de mundo empezamos a construir cuando algunas formas de imágenes adquieren autoridad suficiente para definir qué consideramos real.

Seguimos intentando responder a la misma necesidad fundamental: hacer visible todo eso que queremos conservar, comprender, compartir o controlar. Lo que ha cambiado no es esa necesidad, se ha transformado el poder de nuestras imágenes para hacerlo.


FAQ: Preguntas frecuentes sobre la historia de las imágenes 

¿Cuándo aparecieron las primeras imágenes?

Las primeras representaciones figurativas conocidas se remontan al Paleolítico superior. El arte rupestre de Chauvet incluye representaciones realizadas hace más de 30.000 años, aunque existen manifestaciones gráficas todavía más antiguas en diferentes contextos arqueológicos. La interpretación de su función continúa siendo objeto de debate científico.

¿Qué función tenían las pinturas rupestres?

No existe una explicación única demostrada para todas las pinturas rupestres. Se han propuesto funciones rituales, sociales, simbólicas, narrativas y relacionadas con la memoria o la identidad. La evidencia arqueológica aconseja evitar interpretaciones universales aplicadas a todos los conjuntos.

¿La perspectiva renacentista hizo que la pintura fuera más realista?

Introdujo un sistema particularmente eficaz para representar profundidad espacial desde un punto de vista determinado. Sin embargo, no debe entenderse como una copia objetiva de la realidad. La perspectiva constituye una convención geométrica que organiza la representación.

¿Por qué la fotografía cambió la historia de las imágenes?

Porque introdujo una forma de producción de imágenes basada en procesos físicos y químicos que establecieron una relación particular entre representación y acontecimiento. Además, permitió producir y distribuir grandes cantidades de imágenes, transformando memoria, periodismo, ciencia, identificación y cultura popular.

¿Una fotografía representa la realidad?

Representa un fragmento de realidad registrado bajo determinadas condiciones. El encuadre, el momento de exposición, la selección, el tratamiento y el contexto de publicación influyen en su significado. Su relación física con aquello fotografiado no garantiza una interpretación neutral.

¿Qué relación existe entre imagen y poder?

Las imágenes participan en la construcción de autoridad, identidad y legitimidad. Retratos políticos, monumentos, banderas, mapas, fotografías periodísticas y campañas publicitarias son ejemplos de cómo la representación visual interviene en relaciones sociales y políticas.

¿Qué cambió con la imagen digital?

La imagen pasó a convertirse también en información procesable. Además de visualizarse, puede copiarse, editarse, clasificarse, analizarse y circular automáticamente a gran escala.

¿Qué tiene que ver la inteligencia artificial con la historia de las imágenes?

La inteligencia artificial representa una nueva fase porque los sistemas computacionales no solo almacenan y distribuyen imágenes: también las clasifican, generan, transforman y analizan. Esto modifica la relación entre representación, autoría, autenticidad y conocimiento.

¿Una imagen generada por IA es una imagen «real»?

Es una imagen real como objeto digital, pero no necesariamente representa un acontecimiento que haya ocurrido físicamente. Su estatuto depende de cómo se haya producido y del contexto en el que se utilice. Por eso resulta cada vez más importante distinguir entre apariencia visual, procedencia y evidencia.

¿Por qué las imágenes siguen siendo tan importantes?

Porque permiten organizar información, conservar memoria, producir identidades, comunicar ideas y generar experiencias compartidas. Su importancia no procede únicamente de su capacidad para mostrar cosas, sino de su capacidad para construir relaciones entre aquello que vemos y aquello que pensamos.


Referencias bibliográficas

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Barthes, R. (1981). Camera lucida: Reflections on photography. Hill and Wang.

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Warburg Institute. (s. f.). Bilderatlas Mnemosyne. University of London.


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