
1 de octubre del 2026
Introducción
Cuando nombrar también es gobernar
La política también ocurre cuando una sociedad nombra lo que considera un problema, identifica responsables y establece qué soluciones resultan imaginables. Palabras como libertad, seguridad, pueblo, progreso, cambio, orden o democracia no funcionan solo como descripciones. También delimitan horizontes de sentido, reúnen experiencias diversas bajo una misma categoría y orientan la interpretación de los acontecimientos. (Es posible profundizar este apartado con el artículo ¿Vemos la realidad o la interpretamos? Filosofía de la percepción y representación)
El lenguaje político no se limita a comunicar decisiones ya tomadas, participa en la producción de las condiciones simbólicas desde las que esas decisiones adquieren legitimidad, rechazo o apariencia de necesidad. La crítica no consiste en afirmar que las palabras crean por sí solas la realidad social, sino en estudiar cómo intervienen en su interpretación y organización de la acción colectiva.
Esta perspectiva permite poner en diálogo dos tradiciones que, aunque muy diferentes, resultan especialmente fecundas para pensar la relación entre lenguaje y política: la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas y la crítica de la ideología desarrollada por Slavoj Žižek a partir de Marx, Hegel y Lacan.
El lenguaje y la descripción del mundo
Hablar supone seleccionar. Cuando alguien denomina una situación «crisis», «emergencia», «conflicto», «reforma» o «amenaza», no está empleando etiquetas completamente intercambiables. Cada término activa asociaciones, expectativas y criterios de interpretación diferentes.
Esto no significa que cualquier palabra transforme X acontecimiento en otra cosa. Las condiciones materiales existen y ofrecen resistencia a las interpretaciones. Una recesión económica, guerra o modificación legislativa no desaparecen porque reciban otro nombre. Lo que cambia es el marco desde el que son comprendidas.
Aquí resulta útil distinguir entre acontecimiento y significación. La política necesita hechos, pero los hechos llegan al espacio público acompañados de narraciones, categorías y marcos interpretativos. (En sentido de lo anterior, puede leerse el artículo ¿Por qué una imagen puede decir más que mil palabras?)
Nombrar es clasificar
Toda clasificación establece semejanzas y diferencias. Llamar «ciudadanía» a un conjunto de personas implica cierta concepción de pertenencia. Hablar de «consumidores» las sitúa en otra relación, describirlas como «electores» introduce todavía otra.
El problema aparece cuando una categoría histórica y contingente adquiere apariencia de naturaleza. Entonces deja de percibirse como una construcción discutible y comienza a funcionar como evidencia.
La comunicación política opera constantemente con estas operaciones de clasificación: presenta propuestas, define quiénes son «nosotros», quiénes quedan incluidos en ese nosotros, qué constituye amenaza y qué futuro merece ser perseguido.
Habermas: la política como disputa por la comunicación
La obra de Jürgen Habermas permite introducir una cuestión normativa decisiva: ¿Qué condiciones debe reunir la comunicación pública para que quienes participan en ella puedan considerarse interlocutores y no simples objetos de persuasión?
Su teoría de la acción comunicativa distingue entre una acción orientada al entendimiento y otras formas de acción orientadas al éxito estratégico. En la primera, los participantes buscan coordinar acciones mediante razones que puedan ser examinadas por los demás. En la segunda, el lenguaje también sirve para influir sobre la conducta de otros.
La diferencia resulta fundamental para la comunicación política, dado que el discurso supuestamente democrático no es solo transmitir información correcta. También requiere un espacio donde las afirmaciones puedan ser cuestionadas, justificadas y revisadas.
De ahí la importancia que Habermas concede a la esfera pública, la deliberación y las condiciones discursivas de la legitimidad democrática.
La esfera pública y el poder comunicativo
En Between Facts and Norms, Habermas vincula la teoría de la acción comunicativa con una concepción deliberativa de la democracia. La opinión pública no constituye un conjunto de preferencias privadas, sino que interviene en la formación de la voluntad política cuando los ciudadanos intercambian razones y trasladan problemas sociales hacia las instituciones.
Esta concepción introduce una exigencia crítica para estudiar el lenguaje político, es decir, no basta con preguntar qué dice un discurso, también hay que examinar quién tiene acceso a la palabra, qué voces alcanzan visibilidad, qué argumentos reciben legitimidad y qué mecanismos convierten determinadas posiciones en decisiones institucionales.
La democracia deliberativa presupone, en consecuencia, más que libertad formal de expresión, involucra condiciones que hagan posible la participación en procesos de formación de opinión y voluntad.
Žižek: la ideología no desaparece cuando conocemos su funcionamiento
Aquí aparece una diferencia especialmente fértil con Habermas. Žižek retoma la tradición marxista de la crítica ideológica y la articula con el psicoanálisis lacaniano. Su cuestionamiento busca descubrir qué falsedad contiene una determinada representación, pero también le interesa comprender cómo una formación ideológica consigue organizar la experiencia social incluso cuando los sujetos conocen sus contradicciones.
En The Sublime Object of Ideology, la ideología relaciona su eficacia con la identificación, el deseo y las prácticas mediante las cuales los sujetos participan en un determinado orden social.
Saber que algo es falso no basta
Una de las intuiciones más provocadoras de Žižek reside en la crítica del cinismo ideológico. El sujeto contemporáneo no necesita creer literalmente en todo lo que afirma un discurso para reproducirlo. Es posible reconocer la distancia entre el discurso oficial y la realidad cotidiana y, aun así, continuar actuando dentro de las coordenadas que ese discurso establece.
La consecuencia para la comunicación política es importante: desmontar una afirmación falsa no garantiza desmontar la estructura simbólica que la sostiene.
La ideología no opera en lo que alguien declara creer. También se encuentra en hábitos, rituales, identificaciones y formas de actuar. Por eso una crítica política centrada exclusivamente en «desenmascarar mentiras» corre el riesgo de quedarse en la superficie. La cuestión más profunda obliga a preguntar qué deseo, identificación o fantasía colectiva hace que determinada construcción resulte socialmente habitable.
Entre Habermas y Žižek: dos problemas distintos del lenguaje político
Las perspectivas de Habermas y Žižek no deben confundirse.
Habermas proporciona herramientas para evaluar las condiciones de una comunicación orientada al entendimiento y para pensar la legitimidad democrática. Žižek introduce una sospecha diferente: incluso cuando los sujetos participan en intercambios discursivos aparentemente racionales, existen dimensiones de deseo, identificación y goce que no quedan agotadas por los argumentos explícitos.

Podemos formular la tensión de esta manera:
Habermas pregunta bajo qué condiciones podemos entendernos políticamente.
Žižek pregunta qué hace que sigamos vinculados a determinados discursos incluso cuando sus contradicciones son visibles.
Entre ambas preguntas aparece un campo decisivo para la psicología de la comunicación política.
La palabra «pueblo»: un ejemplo de construcción política
Pocas palabras muestran mejor este problema que «pueblo». En términos descriptivos, designa a una colectividad. En términos políticos, sin embargo, puede convertirse en una figura de identificación capaz de reunir grupos sociales diferentes bajo un mismo significante.
Cuando un discurso afirma hablar «en nombre del pueblo», aparece inmediatamente una pregunta: ¿Quién queda incluido en esa categoría y quién queda apartado?
El problema no es decidir de antemano qué utilización de la palabra es legítimo, es observar la operación discursiva. «El pueblo» no habla por sí mismo, alguien construye una representación de aquello que cuenta como pueblo y la presenta como expresión de una voluntad colectiva. (
Aquí se encuentra uno de los puntos de contacto entre lenguaje, identidad e ideología. La palabra reúne diferencias internas y las convierte en unidad políticamente reconocible. (especialmente interesante en este apartado es el artículo Imágenes de poder: cómo la política utiliza símbolos para construir identidades)
Los significantes que condensan una sociedad
Libertad, patria, justicia, seguridad, cambio, igualdad o progreso poseen cierta característica común: ninguna de estas palabras agota su significado en ninguna definición única.
Su fuerza política procede de esa apertura. Diferentes grupos reconocen sus propias aspiraciones dentro de un mismo término.
La disputa política pasa por intentar fijar provisionalmente el significado de esos significantes. ¿Qué significa libertad? ¿Libertad respecto de qué? ¿Para quién? ¿Qué relación mantiene con la igualdad? ¿Qué sacrificios exige la seguridad? ¿Quién define el progreso?
La comunicación política adquiere así una dimensión de lucha semántica, busca establecer las categorías desde las que una sociedad interpreta sus conflictos.
Cuando el lenguaje convierte una interpretación en evidencia
Una estrategia discursiva especialmente eficaz consiste en presentar X interpretación particular como si fuera la descripción neutral de los hechos.
«La gente piensa…»
«La sociedad exige…»
«El país necesita…»
«Los ciudadanos quieren…»
Estas fórmulas producen una apariencia de consenso que no necesariamente corresponde con la diversidad existente.
Desde una perspectiva psicológica esta trama resulta relevante, dado que las personas no procesan los mensajes políticos en un vacío cognitivo. Las categorías disponibles, las emociones asociadas y las identidades sociales intervienen en la interpretación.

El lenguaje político no controla mecánicamente la mente, pero establece repertorios de reconocimiento. Ofrece nombres, oposiciones y marcos mediante los cuales determinados acontecimientos resultan más fáciles de comprender que otros. (En sentido de lo anterior, leer el artículo La mirada en el cine: cómo las imágenes construyen nuestra forma de ver el mundo)
La emoción no es lo contrario de la racionalidad
Otro error frecuente consiste en imaginar que la comunicación política racional sería aquella que elimina las emociones.
La investigación más reciente sobre cognición política muestra una realidad más compleja. Las emociones intervienen en la atención, memoria, evaluación y toma de decisiones. El problema democrático no es eliminar la dimensión afectiva, sino impedir que la movilización emocional sustituya completamente a la posibilidad de justificar públicamente las afirmaciones.
Aquí Habermas y Žižek vuelven a abrir preguntas complementarias. El primero permite examinar las condiciones racionales del intercambio público, el segundo recuerda que el sujeto político no es una máquina de procesar argumentos.
La democracia necesita razones, pero los ciudadanos también están atravesados por deseos, identificaciones, miedos, expectativas y fantasías sociales.
Redes sociales: la circulación modifica el discurso
La comunicación digital introduce una transformación adicional. El lenguaje político ya no circula únicamente mediante discursos institucionales, prensa o mítines. Fragmentos breves, titulares, vídeos, memes y consignas compiten por captar atención dentro de entornos caracterizados por una enorme velocidad de circulación.
La consecuencia no es que los mensajes sean más cortos, es que cambia la relación entre contexto y significado. La frase separada de su discurso original adquiere nuevas interpretaciones. El término se convierte en etiqueta. La expresión irónica se transforma en consigna. Y una imagen acompaña a una palabra hasta que ambas terminan funcionando como una unidad semántica.
La política digital intensifica así una característica que siempre estuvo presente en la comunicación política: quien controla las condiciones de circulación no dirige por completo el significado, pero sí interviene en las condiciones bajo las cuales ese significado será recibido.
¿Cómo analizar críticamente un discurso político?
Una lectura psicológica y crítica puede comenzar con siete preguntas:
- ¿Qué problema define el discurso?
- ¿Qué palabras utiliza para nombrarlo?
- ¿Qué sujetos aparecen como «nosotros»?
- ¿Quién queda situado fuera de ese «nosotros»?
- ¿Qué emociones moviliza?
- ¿Qué relaciones entre causa y efecto presenta como evidentes?
- ¿Qué alternativas quedan fuera del campo de lo imaginable?
Este método evita reducir el análisis a la detección de propaganda o manipulación, permite estudiar la arquitectura simbólica del discurso y comprender cómo se articulan lenguaje, identidad, emoción, poder y deseo.
La libertad política también es una libertad semántica
La autonomía democrática no es disponer de opciones electorales, también requiere capacidad para examinar las categorías mediante las cuales esas opciones son presentadas.
Si la sociedad solo dispone de determinados nombres para interpretar sus conflictos, su horizonte político queda parcialmente delimitado por ese vocabulario. Esto no significa que exista un lenguaje completamente exterior a la ideología. Tampoco supone que una palabra «correcta» resuelva los conflictos sociales. La tarea crítica es más modesta y, al mismo tiempo, más exigente: hacer visibles las operaciones mediante las cuales el lenguaje organiza nuestra experiencia política.
Nombrar de otra manera no transforma automáticamente X realidad. Pero abrir una categoría, discutir cierta definición o introducir distinciones que antes permanecían ocultas modifica el espacio de lo pensable.
Conclusiones
Las palabras no gobiernan porque posean poderes mágicos, ejercen poder cuando se incorporan a instituciones, hábitos, identificaciones y formas de interpretar la experiencia colectiva.
Habermas permite comprender la dimensión democrática de este problema: una sociedad necesita espacios donde las afirmaciones puedan justificarse, discutirse y someterse a crítica. Žižek introduce una segunda dificultad: conocer racionalmente las contradicciones de un discurso no garantiza abandonar las identificaciones y prácticas que lo mantienen vivo.
Entre ambas perspectivas aparece una concepción más compleja de la comunicación política. El lenguaje no es tan solo vehículo para transportar ideas previamente formadas, interviene en la definición de problemas, construcción de identidades, distribución de legitimidad y organización del deseo colectivo.
Por eso la pregunta crítica no debería ser solamente «¿Qué quiere decir este discurso?».
También conviene preguntar: ¿Qué realidad vuelve visible? ¿Qué sujetos construye? ¿Qué deseo moviliza? ¿Qué alternativas deja apartadas?
FAQ
¿Qué relación existe entre lenguaje e ideología?
El lenguaje proporciona categorías con las que interpretamos acontecimientos, identidades y conflictos. La ideología no se reduce a palabras, pero los discursos participan en la forma en que determinadas relaciones sociales llegan a parecer naturales, inevitables o legítimas.
¿Qué aporta Habermas al estudio de la comunicación política?
Habermas permite analizar la comunicación pública desde las condiciones del entendimiento, la deliberación y la legitimidad democrática. Su teoría destaca la importancia de una esfera pública en la que las afirmaciones puedan ser discutidas y justificadas.
¿Qué aporta Žižek al análisis de la ideología?
Žižek incorpora al análisis marxista de la ideología elementos procedentes de Hegel y Lacan. Esta perspectiva presta especial atención a la identificación, el deseo y las prácticas mediante las cuales una ideología conserva eficacia incluso cuando sus contradicciones son conocidas.
¿El lenguaje político manipula siempre?
No. El lenguaje cumple funciones informativas, deliberativas, identitarias, expresivas y estratégicas. El análisis crítico debe estudiar el contexto y las operaciones concretas de un discurso antes de atribuirle una función manipuladora.
¿Por qué «pueblo» es una palabra políticamente importante?
Porque reúne bajo una identidad común a personas y grupos diferentes. Cuando un actor afirma representar «al pueblo», está realizando también una operación de definición: establece quién forma parte de ese colectivo y qué voluntad se presenta como común.
¿Cómo desarrollar una mirada crítica ante un discurso político?
Conviene analizar sus categorías, sujetos, emociones, presupuestos causales, oposiciones y silencios. La pregunta central no es únicamente qué afirma, sino qué forma de realidad organiza mediante aquello que afirma.
Referencias bibliográficas
Habermas, J. (1984). The theory of communicative action. Volume 1: Reason and the rationalization of society. Beacon Press.
Habermas, J. (1987). The theory of communicative action. Volume 2: Lifeworld and system: A critique of functionalist reason. Beacon Press.
Habermas, J. (1996). Between facts and norms: Contributions to a discourse theory of law and democracy. MIT Press.
Habermas, J. (2006). Political communication in media society: Does democracy still enjoy an epistemic dimension? The impact of normative theory on empirical research. Communication Theory, 16(4), 411–426.
Hernández, R. C. (2006). Ese sublime objeto: La ideología en Žižek. Argumentos. Estudios Críticos de la Sociedad, 19(52), 149–176.
Žižek, S. (1989). The sublime object of ideology. Verso.
Žižek, S. (1994). Mapping ideology. Verso.
Žižek, S. (2006). How to read Lacan. Granta Books.
Las palabras no solo describen el mundo.
También delimitan aquello que somos capaces de pensar sobre él. Sigue explorando El Observatorio y descubre cómo lenguaje, imágenes, símbolos y poder participan en la construcción de nuestra realidad.
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