
14 de septiembre del 2026
Introducción
Cuando nombrar deja de ser una operación inocente
Llamamos «árbol» a un árbol, «montaña» a una montaña y «mesa» a una mesa. La aparente sencillez de estas operaciones esconde uno de los problemas más antiguos de la filosofía: ¿Las palabras simplemente nombran cosas que existen independientemente de nosotros o intervienen en la manera en que esas cosas adquieren significado?
La cuestión se vuelve todavía más compleja cuando pasamos de los objetos a conceptos como «libertad», «normalidad», «éxito», «enemigo», «familia», «enfermedad» o «identidad». En estos casos no estamos simplemente colocando una etiqueta sobre una realidad evidente. Las palabras seleccionan diferencias, agrupan experiencias, establecen relaciones y proporcionan marcos desde los que interpretamos lo que sucede.
Esto no significa que el lenguaje invente arbitrariamente el mundo. Una montaña no desaparece porque dejemos de llamarla montaña. Un cuerpo enfermo no deja de padecer porque cambiemos su descripción. La realidad ofrece resistencias que ninguna palabra controla por completo.
Pero tampoco hablamos desde fuera del mundo. Habitamos un universo de significados previamente organizado por lenguas, categorías culturales, discursos y relaciones sociales.
La pregunta, por lo tanto, no debería formularse como una alternativa absoluta entre describir o construir. Las palabras describen, pero al describir también seleccionan; al seleccionar, organizan; y, en determinadas circunstancias, producen consecuencias que modifican la realidad social.
El lenguaje como capacidad: la aportación de Noam Chomsky
Antes de preguntar qué hacen las palabras, hay que preguntar qué es el lenguaje
Una de las grandes transformaciones de la lingüística contemporánea fue considerar el lenguaje como una capacidad cognitiva con propiedades estructurales específicas.
La gramática generativa asociada a Noam Chomsky desplazó la atención desde las frases efectivamente pronunciadas hacia el conocimiento que permite producir y comprender una cantidad potencialmente ilimitada de expresiones. El problema fundamental ya no era describir las lenguas existentes, sino explicar qué hace posible que un ser humano pueda generar y comprender estructuras nuevas.
El Programa Minimalista llevó esta investigación hacia la concepción particularmente austera de la arquitectura sintáctica, centrada en operaciones como Merge y en la relación entre estructura lingüística y otros sistemas cognitivos. Los desarrollos recientes siguen explorando esta cuestión: un trabajo publicado por MIT Press en 2025 formaliza matemáticamente la operación Merge dentro de la versión contemporánea del programa chomskiano.
La consecuencia filosófica es importante. Desde esta perspectiva, el lenguaje no aparece fundamentalmente como una colección de nombres que una sociedad coloca sobre objetos previamente clasificados. Existe una arquitectura cognitiva que permite construir estructuras lingüísticas y relacionarlas con sistemas conceptuales e interpretativos.
Eso introduce una primera distancia respecto de la idea ingenua de que las palabras son “etiquetas”.
Chomsky y el límite del relativismo lingüístico
La tradición chomskiana tampoco encaja fácilmente con una versión fuerte de la hipótesis Sapir-Whorf, según la cual cada lengua determinaría una manera radicalmente diferente de pensar.
Si existe una facultad lingüística humana con propiedades generales, entonces la diversidad de lenguas no implica necesariamente que sus hablantes habiten mundos mentales completamente inconmensurables.
La investigación reciente sobre universales gramaticales ofrece una imagen matizada. Un análisis publicado en Nature Human Behaviour en 2026 encontró apoyo estadístico para aproximadamente un tercio de 191 universales gramaticales propuestos, especialmente relacionados con el orden de palabras y ciertas estructuras jerárquicas. Las lenguas son extraordinariamente diversas, pero esa diversidad no parece completamente arbitraria.
El lenguaje, por lo tanto, es simultáneamente diverso y constreñido.
Steven Pinker: no pensamos de forma simple en las palabras que hablamos
La posición de Steven Pinker permite introducir una segunda corrección importante. Si las palabras construyeran directamente nuestros pensamientos, sería difícil explicar cómo podemos pensar algo para lo que todavía no tenemos una palabra.
Pinker desarrolló la idea de mentalese, un sistema de representación mental distinto de las lenguas naturales. En esta concepción, el inglés, el castellano o el japonés serían medios para expresarse y comunicar contenidos que no se reducen a las palabras concretas utilizadas para formularlos.

La hipótesis del lenguaje del pensamiento continúa siendo objeto de debate filosófico. La literatura contemporánea distingue entre representaciones lingüísticas, imágenes, mapas, diagramas y otros formatos cognitivos, lo que dificulta reducir todo pensamiento a una única modalidad representacional.
Esto tiene una consecuencia decisiva para nuestra pregunta inicial: si podemos pensar más allá de las palabras, éstas no determinan completamente aquello que podemos pensar.
Pensamiento y lenguaje no son enemigos ni equivalentes
La investigación reciente ha reforzado esta cautela. Un artículo publicado en Nature en 2024 sostiene, a partir de evidencia procedente de neurociencia y disciplinas relacionadas, que el lenguaje funciona principalmente como una herramienta de comunicación y que no parece constituir requisito para el pensamiento complejo, incluido el pensamiento simbólico.
Esto no disminuye la importancia del lenguaje. Al contrario, significa que debemos comprender mejor qué hace realmente.
El lenguaje permite estabilizar conceptos, compartirlos, transmitir conocimientos entre generaciones, formular hipótesis, narrar experiencias y construir argumentos. No necesitamos afirmar que las palabras crean pensamiento para reconocer que transforman profundamente lo que X colectividad puede comunicar, conservar y discutir.
El lenguaje no tiene que ser la materia de todo pensamiento para convertirse en una de sus principales tecnologías culturales.
¿Entonces las palabras simplemente describen?
Aquí aparece el problema filosófico central. Decir «hay una mesa» parece cierta descripción. Pero no todas las expresiones funcionan de la misma manera. Si un juez declara a una pareja legalmente casada, no está describiendo un matrimonio que ya existía independientemente de sus palabras. En el contexto institucional apropiado, la declaración participa en la constitución de un nuevo estado jurídico.
La filosofía del lenguaje ordinario, especialmente desde J. L. Austin, mostró que hablar no consiste únicamente en transmitir información. También hacemos cosas al hablar, por ejemplo, prometemos, ordenamos, acusamos, felicitamos, declaramos, bautizamos o autorizamos.
La academia continúa formalizando esta dimensión performativa. La semántica dinámica, por ejemplo, estudia cómo diversos actos lingüísticos no sola informan sobre una trama, sino que actualizan el propio contexto comunicativo.
Por eso conviene distinguir al menos tres funciones:
- Describir: afirmar cómo son las cosas.
- Interpretar: organizar lo que ocurre mediante categorías y relaciones.
- Hacer: producir efectos sociales mediante actos lingüísticos reconocidos dentro de instituciones determinadas.
Una sentencia, promesa u orden no funcionan del mismo modo que la descripción meteorológica. Es decir, la palabra puede ser representación, pero también acción.
El psicoanálisis: cuando hablamos y el lenguaje habla de nosotros
Si la filosofía del lenguaje cuestionó la idea de que hablar sea simplemente describir, el psicoanálisis introdujo una dificultad todavía mayor: el sujeto no siempre sabe completamente qué está diciendo.
Freud y el lapsus
En Freud, los lapsus, olvidos, equivocaciones y formaciones del inconsciente adquieren un valor particular porque muestran la fractura que existe en la concepción del sujeto plenamente dueño de su discurso.
No todo error verbal es necesariamente una expresión del inconsciente, sería absurdo convertir cada equivocación cotidiana en un acontecimiento psicoanalítico. Lo importante es la hipótesis estructural: el discurso puede contener sentidos que no coinciden exactamente con la intención consciente del hablante.
La palabra deja de ser entonces una herramienta completamente transparente. A veces decimos algo y descubrimos posteriormente que dicha formulación nos ha revelado algo que no pretendíamos formular.
Lacan: el sujeto está atravesado por el significante
Lacan profundizó esta cuestión mediante el llamado retorno a Freud y el diálogo con la lingüística estructural. En lugar de considerar al lenguaje como herramienta que utilizamos desde una posición exterior, nos sitúa dentro del orden simbólico.
La célebre formulación lacaniana de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje no significa que el inconsciente sea literalmente un diccionario escondido dentro de la cabeza. Investigaciones psicoanalíticas recientes han insistido en que se trataría de una organización diferencial de representaciones, no necesariamente de palabras en sentido estricto.
Desde esta perspectiva, el significado de una palabra no depende exclusivamente de la relación directa entre palabra y objeto, también de su posición respecto a otros significantes.
«Padre», «madre», «hijo», «ley», «deseo», «prohibición» o «autoridad» no poseen un significado puramente aislado… adquieren valor dentro de redes simbólicas.

Aquí la cuestión inicial se transforma radicalmente: no somos nosotros quienes utilizamos palabras para describir el mundo, el lenguaje proporciona también las categorías mediante las cuales llegamos a reconocernos dentro de él.
Nombrar es clasificar
Llamar a algo «enfermedad», «delito», «talento», «fracaso», «desviación» o «éxito» no equivale automáticamente a describir alguna propiedad objetiva.
Las clasificaciones tienen consecuencias, determinan qué instituciones intervienen, qué comportamientos se consideran normales, cuáles sujetos reciben ciertos derechos y qué experiencias adquieren legitimidad pública.
Claro, esto no significa que todas las categorías sean arbitrarias. La medicina, por ejemplo, no inventa el dolor del paciente porque disponga de terminología. Pero la manera de clasificar síntomas, establecer diagnósticos y organizar enfermedades sí forma parte de una historia científica y social que alguien ha escrito.
El lenguaje interviene así en una operación fundamental: hacer diferencias relevantes. Toda clasificación incluye algo dentro de una X categoría y deja otras posibilidades fuera (hablamos de relaciones de poder).
El problema no es que las palabras sean falsas
Una crítica superficial diría: «Todo es lenguaje, por lo tanto, nada es real». Pero esa clase de conclusiones no se sostienen.
El mundo no desaparece porque lo interpretemos, así como la fractura ósea no depende de que exista la palabra «fractura» o el terremoto puede destruir una ciudad aunque nadie posea algún término para describirlo.
El problema filosófico es otro: entre el acontecimiento y nuestra comprensión existe una mediación conceptual. No tenemos acceso intelectual a ninguna realidad completamente desnuda de categorías. Percibimos, distinguimos, nombramos, relacionamos y explicamos.
Claro, la palabra no crea necesariamente eso de lo que habla, pero sí contribuye a determinar cómo aparece para nosotros en tanto objeto de conocimiento.
¿Puede el lenguaje cambiar la realidad?
Sí, pero hay que precisar qué significa «cambiar». Las palabras no pueden modificar directamente todas las propiedades físicas del mundo. Decir «la gravedad ha desaparecido» no elimina la gravedad.
Sin embargo, múltiples palabras modifican realidades sociales porque existen instituciones, convenciones y sujetos capaces de reconocerlas. Por ejemplo, la ley, el contrato, sentencia, declaración de guerra o promesa tienen efectos que dependen parcialmente de actos lingüísticos.
También ocurre algo más cotidiano: describir a alguien repetidamente como «genio», «fracaso», «amenaza» o «irresponsable» puede modificar la manera en que otras personas se relacionan con esa persona. La descripción comienza entonces a intervenir en todo eso que pretendía simplemente describir. Este es uno de los mecanismos mediante los cuales el lenguaje adquiere una dimensión política.
Lenguaje, poder y realidad social
Las sociedades no solo discuten mediante palabras, también luchan por palabras con las que nombran sus conflictos. «Revolución» y «disturbio» pueden referirse al mismo acontecimiento desde posiciones políticas radicalmente diferentes. «Migrante», «refugiado», «invasor» o «trabajador extranjero» no producen exactamente el mismo marco interpretativo.
La elección de una palabra no determina mecánicamente la opinión de quien la escucha, pero introduce ese marco conceptual X que orienta la interpretación.
Aquí encontramos una versión más razonable de la relatividad lingüística: no necesitamos sostener que una lengua encierre a sus hablantes dentro de cierta cosmovisión para reconocer que las categorías disponibles facilitan algunas distinciones y dificultan otras.

El lenguaje no es una prisión absoluta… es, en buena medida, un sistema de posibilidades y restricciones interpretativas (de nuevo, hablamos de poder).
De la palabra al algoritmo: ¿Qué ocurre cuando las máquinas producen lenguaje?
La cuestión adquiere una dimensión nueva con los modelos de lenguaje. Los sistemas actuales generan frases coherentes, establecen relaciones entre conceptos y participan en conversaciones. Esto ha reactivado preguntas antiguas: ¿Comprender lenguaje significa poseer conceptos? ¿Producir frases implica pensar? ¿Puede existir significado sin experiencia?
La comparación con el psicoanálisis resulta tentadora, pero debe manejarse con cuidado. Investigaciones recientes han explorado analogías entre modelos de lenguaje y conceptos lacanianos como metáfora, metonimia y estructura simbólica, pero también subrayan diferencias ontológicas importantes entre el funcionamiento de un modelo y la subjetividad humana.

El modelo puede producir lenguaje sin que eso demuestre que posee deseos, inconsciente o experiencia subjetiva. Precisamente por eso la inteligencia artificial vuelve a poner en primer plano una conocida cuestión clásica: ¿Qué relación existe entre producir signos y comprender aquello que los signos significan?
Conclusiones: las palabras no crean el mundo, pero tampoco se limitan a reflejarlo
Las dos respuestas extremas son insuficientes. No hablamos de un lenguaje mágico capaz de fabricar la realidad física. El mundo impone límites, ofrece resistencias y existe independientemente de nuestras descripciones.
Pero tampoco utilizamos palabras como quien coloca etiquetas neutrales sobre objetos completamente transparentes. El lenguaje clasifica, distingue, relaciona, interpreta y transmite formas de conocimiento. En diversos contextos institucionales, además, realiza acciones que modifican la realidad sociopolítica y cultural.
Chomsky ayuda a recordar que el lenguaje posee una dimensión cognitiva y estructural irreductible a una simple convención social. Pinker obliga a no confundir lenguaje y pensamiento: podemos pensar mediante representaciones que no se reducen a las palabras de una lengua concreta. La investigación reciente respalda esta cautela frente a las versiones fuertes del determinismo lingüístico.
El psicoanálisis introduce una última complicación teórica: el hablante tampoco es completamente transparente para sí mismo. Las palabras revelan algo que el sujeto no sabía que estaba diciendo.
Por eso quizá la formulación más precisa sea esta:
Las palabras no inventan el mundo, pero participan en la construcción del orbe que los seres humanos reconocen, interpretan, comparten y transforman.
Hablar es describir a la vez que clasificar, recordar, imaginar, prometer, ordenar, excluir, reconocer y disputar significados.
La pregunta filosófica no consiste entonces en decidir si las palabras reflejan o construyen la realidad, estriba en comprender qué realidad hacen visible, qué diferencias establecen, qué posibilidades abren y cuáles dejan fuera.
Y quizá ahí se encuentre una de las formas más profundas de pensamiento crítico: aprender que cambiar una “palabra” no siempre cambia el mundo, pero que cambiar esas palabras con las que somos capaces de pensar el mundo podría cambiar todo que llegamos a considerar posible.
FAQ: sobre lenguaje y realidad
¿Las palabras crean la realidad?
No en un sentido físico o absoluto. Una montaña o un terremoto existen independientemente de que los nombremos. Sin embargo, las palabras contribuyen a construir realidades sociales y a organizar nuestra interpretación de acontecimientos, personas y conceptos.
¿El lenguaje determina nuestra forma de pensar?
La evidencia actual no respalda una versión fuerte del determinismo lingüístico. Podemos realizar formas de pensamiento que no dependen de una lengua natural concreta. Sin embargo, las categorías lingüísticas influyen en múltiples procesos de atención, clasificación e interpretación.
¿Qué diferencia existe entre Chomsky y Pinker?
Chomsky ha centrado gran parte de su trabajo en explicar la estructura y naturaleza de la facultad lingüística humana, dentro de la tradición generativa. Pinker ha defendido una concepción evolucionista y cognitiva del lenguaje y desarrollado la idea de un sistema de representación mental —mentalese— que no equivale a una lengua natural.
¿Por qué el psicoanálisis considera tan importante el lenguaje?
Porque Freud mostró que el discurso puede revelar conflictos y procesos inconscientes, mientras que Lacan situó el lenguaje y el significante en el centro de la constitución del sujeto. El sujeto no controla necesariamente todos los sentidos que aparecen en su propio discurso.
¿Qué significa que el lenguaje sea performativo?
Significa que ciertas expresiones no se limitan a describir un estado de cosas, sino que realizan una acción dentro de un contexto. Prometer, ordenar, declarar o sentenciar son ejemplos clásicos.
¿Por qué importa esta cuestión en la cultura digital?
Porque vivimos rodeados de discursos producidos y distribuidos a una escala inédita. Algoritmos, redes sociales, buscadores y sistemas de inteligencia artificial intervienen en qué palabras circulan, qué conceptos adquieren visibilidad y cómo se organizan las conversaciones públicas.
Referencias bibliográficas
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